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Anoche soñé contigo – Primera parte

Anal

Anoche soñé contigo – Primera parte
Primera parte:

—¡Chabela! ¿Hoy sí? —preguntó Toto con ansiedad, deseando que la respuesta fuera “sí”.

Sin embargo, la otra volteó y, sin pronunciar palabra, le hizo una seña de “espérate tantito”, cosa que bien podía significar unos minutos o unos días más. Esto, de cualquier manera, se veía como una eternidad para un joven virgen que se moría de ganas por dejar de serlo, iniciándose así en el sexo. Y es que, estando ante las puertas de lo que en ese momento bien podía considerar la entrada al paraíso (y me refiero, por supuesto, a ese par de dilatadas nalgas), era comprensible que el contenido de sus sacos testiculares estuviera a punto del desparrame absoluto, de tanto hervor.

Y no era para menos, la imagen de aquella chica se le presentaba cada noche, desde que ella se lo hubiese prometido. Y aun estando dormido, su pelvis se movía hacia adelante y atrás en una serie de repeticiones rápidas; instintivas y naturales. El muchacho ya necesitaba descargar aquellas “ansias” que guardaba dentro.

Desde hacía ya más de mes y medio, tanto Toto como su buen amigo Quique, habían iniciado esas vacaciones de verano excitando sus, ya de por sí, activos deseos sexuales mirando historietas pornográficas a todo color. Desde el “Así soy, y qué”, hasta el “Sensacional de Colegialas” pasaban por sus manos, y los leían con gran avidez y morbo.

—¡Miren nada más esos culazos de viejas…! ¿A poco no se les para de sólo pensar en metérsela a una de tan tremendo culote? —les dijo una voz aguardentosa, a la vez que se les ponía ante sus ojos una revista con fotografías de sendas mujeres desnudas llenando sus páginas.

Así era acicateado el inquieto padecer que los jóvenes sufrían por Don Cuco; dueño del quiosco de periódicos y revistas en donde Toto y Quique se cultivaban.

Don Cuco les dejaba mirar historietas y revistas de índole sexual sin empacho alguno, por lo que estos chamacos diariamente lo visitaban.

—Miren, como esa es la que les digo —dijo Don Cuco, y señaló, sin ninguna vergüenza, a una mujer que iba pasando frente al puesto de periódicos—. Así es la que me estoy chingando, pinche señora de buenas carnes… así, así, igualita, culona y con unas tetas bien lecheras… no si les digo, las caderonas les hierve la sangre. Les urge que se las claven. Entre más anchas están, más hambreadas de macho son, me cae de madre que es ley de vida.

Toto rio del comentario, aunque no supo, a ciencia cierta, si el Don estaba chanceando, o si tales palabras serían verdad.

—Ay, ¿a poco Don Cuco? —comentó Quique.

—Claro… ¿no me crees? Si les digo que ella misma se me lanzó. ¡Pinche vieja! Es más, está más buena que esta ruca que acaba de pasar… ah, pues mira —les dijo.

Y el viejo les pasó otra revista donde una mujer de amplio trasero se separaba a sí misma las nalgas, para dejar al descubierto lo que tenía en medio de éstas.

Ambos chicos vieron la foto con ojos como platos.

—No pues usted sí que se las sabe Don Cuco —dijo Quique.

—Sí, es que las divorciadas así son. Como ya están acostumbradas al virote, aunque digan que no, les hace falta.

—¿Así que la que se está chingando es divorciada? —dijo Quique, a la vez que hojeaba más páginas de la revista en sus manos.

—Sí. Esa es otra que se deben aprender, chamacos: Con mujer viuda o divorciada, es segura la encamada.

Quique y el propio Don Cuco rieron de tal “aforismo”, pero Toto se quedó serio. Aquello fue como una bofetada para él pues, Irma, su mamá, justamente era divorciada y andaba saliendo con un tipo que; para él; se las daba de galán nomás porque andaba vestido de piloto… bueno, en realidad sí era piloto de aerolínea comercial. Pero, que esto le impresionara a su mamá, como que le avergonzaba. Si hasta así la visitaba el muy empollón, siempre vestido con su uniforme.

Así se lo topó Toto aquella noche, cuando regresó a casa. Madre y novio se besaban apasionadamente en el sofá.

Pese a lo tarde que era, su mamá no le reprochó nada pues, para Irma, aquellas salidas de Toto le brindaban privacía para gozar de intimidad con Gerardo, el mencionado piloto.

La sola idea de ello le repateaba las pelotas al pobre chamaco, quien era hijo único y quien, tras el divorcio de sus padres, sufrió mucho.

—Qué tal Toto, ¿cómo te va? —le preguntó Gerardo, dejando su faceta de amante, y tratando de aparentar compostura ante el hijo de su novia.

Toto no contestó, ni siquiera lo miró a la cara. Se pasó de largo en clara intención de hacerle la grosería al tipo.

—Oye, le estaba diciendo a tu mamá que…

Sin embargo, Toto se siguió como si nada, así que su madre intervino.

—Toto, te está hablando Gerardo —dijo Irma, con tono dominante.

Toto tuvo que detenerse y hacer caso.

—Te decía que le planteé a tu mamá que te diera permiso de acompañarme uno de estos días en uno de mis vuelos. ¿Qué te parece? ¿Eh? ¿Te gustaría? —insistió Gerardo, queriendo ganarse, evidentemente, al hijo de Irma.

—No —respondió sin interés Toto y se alejó.

Caminando a su cuarto, aún pudo escuchar las disculpas que daba su madre a Gerardo por su comportamiento. Aquello sólo avivó su coraje.

Asomándose por la ventana de su recámara, Toto pudo ver a su mamá despidiéndose de su novio con un apasionado beso a las puertas de su casa. Esto encendía los peores sentimientos en su interior.

Se echó sobre la cama y sus ojos se llenaron de lágrimas.

De pronto el walkie-talkie que Toto tenía sobre su buró emitió un ruido de estática, y luego se escuchó la voz de Quique a través de él.

—Toto, ¿estás ahí…? Cambio.

Toto se enjugó los ojos con su camiseta y tomó el aparato.

—Sí Quique, ¿qué pasa? Cambio.

Minutos más tarde, ambos se encontraron en la entrada de la casa de Toto. Quique y él se sentaron en la banqueta.

—¿Qué hay? —comenzó Toto.

—A que no te imaginas —dijo el otro muy excitado, pero como Toto no contestó Quique continuó—. Mis papás contrataron a alguien para que haga la limpieza de la casa.

Toto no hallaba el menor interés en lo que le contaba su amigo, así que el otro continuó tratándole de contagiar su emoción.

—¡Es una chica bien sabrosa!

Poco después, cuando Quique se la describió, a Toto se le tonificó el cuerpo de inmediato, nomás de imaginársela. Aunque no tuvo que esperar demasiado para verla con sus propios ojos, pues:

—La instalaron en el cuarto de la azotea. ¡Va a vivir con nosotros desde esta noche! —le dijo Quique.

Según éste, como la chica venía de Coatzacoalcos, Veracruz; y no tenía ni familia ni conocidos en la Ciudad; los padres de Quique le darían alojamiento y comida, además de su sueldo.

Ni tardo ni perezoso, al ver dónde la instalarían, a Quique se le ocurrió una idea:

“Mira, le tomé estos binoculares a mi papá”, le dijo a Toto. “Si nos subimos a la azotea de tu casa, seguro que desde ahí la podemos ver. El cuarto de Chabela tiene una única ventana que justo da a este lado, ¡y aún no le han puesto cortinas!”, dijo Quique muy emocionado, exponiendo la gran idea que se le había ocurrido.

—Va, me late —dijo Toto, y ambos subieron a la azotea.

El panorama no podría ser más suculento para el par de jóvenes jariosos: La chica de piel morena; bien ensanchada en sus femeninas partes, y notablemente joven, se desprendía de los prendedores que habían sujetado su cabello, iniciando así el ritual del desvestimiento que a todas luces realizaría.

Quique tragó saliva evidenciando su sentir. Se moría de ansias por ver lo que seguiría, sin embargo tuvo que cederle los gemelos a Toto, como buen amigo que era. Éste vio así, con sus propios ojos, a la voluptuosa chica mientras desabotonaba su blusa floreada. Esto dejó al descubierto su sostén de amplias copas.

Cuando la chamaca comenzaba a desabotonarse su falda, Quique le pidió de vuelta los prismáticos.

—¡Presta! —dijo Quique.

Toto tuvo que retornárselos.

Chabela bajó con cierto esfuerzo su ceñida falda, pues sus caderas eran evidentemente grandes.

Al ver así a aquella hembra, puramente en prendas menores, Quique sintió una repentina erección. La chica no era mucho mayor que ellos, y aquello era mejor que mirar las revistas porno-eróticas del puesto de Don Cuco.

No mucho después, la joven ya se ponía la bata de dormir y apagaba la luz de su cuarto.

Los chicos se miraron y se sonrieron, bien sabían que esa no sería la única vez que espiaran a esa chica.

Continuará…

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