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Ana y un viaje en el Metro de Paris

Ana y un viaje en el Metro de Paris
Ana y un viaje en el metro de Paris

Unos meses después de nuestra boda, Víctor tuvo que hacer un viaje de negocios a Paris. La fecha coincidía bien con mis vacaciones de invierno, así que acepté encantada su invitación a acompañarlo.

Al segundo día pudimos pasear de un lado a otro en esa ciudad maravillosa.

Para regresar al hotel decidimos tomar el famoso Metro. Habíamos caminado bastante, visitando lugares muy interesantes y me dolían mucho los pies, así que cuando quedó un asiento libre me escabullí entre la gente y me desplomé en él, con cara de alivio y felicidad.

Víctor decidió quedarse de pie en el rincón donde habíamos estado al subir. Tenía un plano en sus manos y estaba mirando cuántas paradas quedaban para llegar al hotel. Levantó la vista hacia mí y me hizo un gesto haciéndome ver que faltaba un rato todavía de viaje.

A medida que el tren hacía paradas iba llenándose cada vez más. Era tarde, la gente volvía a casa.
En una de las paradas, se abrieron las puertas y Víctor me gritó desde lejos que esa era la nuestra. Había esperado hasta el último momento para avisarme; entre la puerta y yo había por lo menos unas quince personas apretujadas. Intenté abrirme paso entre ellas, pero era difícil porque apenas había espacio para moverse. No me dio tiempo a llegar a las puertas antes de que se cerraran.

Por supuesto Víctor pensó que yo bajaba detrás de él y me esperaba en el andén, en medio de toda la marea de gente. Pero pude ver su cara de desesperación al ver que el tren arrancaba otra vez y yo seguía del otro lado de los vidrios de las puertas ahora cerradas.

Para colmo se había llevado la mochila donde iba mi celular y ahora estábamos incomunicados. Pensé que lo mejor sería bajarme en la próxima estación y regresar en el próximo tren de la mano contraria, con la esperanza de que mi marido se hubiera quedado allí a esperarme…

A todo esto, con el movimiento de la gente, había quedado atrapada entre dos hombres de origen argelino, por lo que podía suponer. Eran dos hombres gigantes, de piel oscura y parecían ser amigos, ya que hablaban en árabe y reían.
Desprendían un olor a sudor muy fuerte, muy desagradable, aunque poco a poco me fui acostumbrando. Entre eso y el calor que hacía allí dentro, me sentí un poco mareada y en un momento tuve que apoyarme sobre el pecho de uno de ellos para no caerme. Ellos bajaron la vista para mirarme y comenzaron a reírse.

De repente noté como el espacio entre nosotros se redujo sospechosamente, y yo quedaba literalmente emparedada entre los dos hombres. Estaba segura de que lo estaban haciendo a propósito. Me asusté porque sabía que no tenía nada que hacer contra ellos, ni podía escaparme.
En un momento, el que estaba por delante bajó sus manos y comenzó a acariciar mis tetas, por encima de mi camiseta de algodón. No llevaba sujetador, porque hacía demasiado calor.

Yo me sentía m*****a con su toqueteo, pero no pude evitar que mis pezones se pusiesen duros con las caricias. Él se dio cuenta y se lo hizo saber con un gesto obsceno a su amigo.

El otro hombre, mucho más musculoso, comenzó a frotar su verga contra mi cuerpo; podía sentirla bien dura a través de sus pantalones de jogging. El que estaba delante soltó mis tetas y tomó mi mano, para llevarla directamente hacia su entrepierna. No pude evitar mi cara de sorpresa al comprobar que su verga era tan enorme que casi no cabía en mi mano.

Me apretó la mano más todavía, haciendo que le acariciara su herramienta, mientras se iba poniendo más y más dura. Hubo un momento en el que sus manos volvieron a mis pezones, y yo seguía masajeando su verga a través del pantalón. Ya no hacía falta que me sostuviera la mano.
Desde el instante en que la palpé, comencé a excitarme como nunca antes lo había estado.
El que estaba detrás me agarró el culo con sus manos, provocándome que repentinamente se me humedeciera la concha por la excitación.

Pasaron un par de estaciones y yo seguía ahí, contoneándome entre sus manos y acariciando una verga dura e inmensa que deseaba tener dentro de mi cuerpo.

De repente me tomaron por los brazos y me arrastraron hasta las puertas, bajándonos en una estación prácticamente desierta a esas horas. Ambos hombres me atenazaban los brazos mientras reían y hablaban entre ellos en árabe. Yo estaba tan embriagada por la excitación que ya no me preocupaba lo que podría pasarme en manos de estos desconocidos.

Me empujaron dentro de un baño de caballeros y cerraron la puerta con traba. No tardaron en bajarse los pantalones y mostrarme lo que me moría por ver. El más musculoso se quitó su remera, mostrándome su cuerpo de ébano que parecía tallado a mano. Tenía una verga descomunal, de casi unos veinticinco centímetros, la cual hasta entonces era la más grande que había visto en mi vida. Aunque el record iba a durar poco.

Cuando giré la cabeza hacia la verga del otro me quise morir… Era bastante más larga y gruesa que la de su amigo. De casi treinta centímetros de largo, eso me pareció…
Yo estaba acostumbrada a los veinte centímetros de Víctor, que me dejaba siempre satisfecha.
Entre ambos me empujaron hacia el lavatorio, haciendo que apoyara mis manos allí, inclinándome y sacando mi cola para arriba.

El de la verga enorme me tomó por la nuca y me hizo agachar sobre su lustrosa herramienta, a esta altura muy erecta. Intenté metérmela en la boca pero no podía. Mis labios no se abrían lo suficiente así que con mi lengua comencé a lamerla por donde podía.

Con mis dos manos masturbaba al otro, quien de golpe me bajó los pantalones de un tirón hasta las rodillas, sin ninguna delicadeza. Otro tirón desgarró mi breve tanga negra de algodón.
El otro sacó su verga enorme de mi boca y me dejó recuperar el aire, pero enseguida me levantó de un golpe y me puso de cara a su amigo. Me levantaron entre los dos y el musculoso ubicó su verga oscura entre mis labios vaginales. Pronto sentí una presión increíble mientras se deslizaba dentro de mi cuerpo.

Quedé extasiada y sin poder moverme mucho. Durante un buen rato me estuvo cogiendo con largas embestidas que me causaban más dolor que otra cosa. Intenté decirle con gestos que fuera más delicado pero cada vez me taladraba con más brutalidad.

Eché la cabeza hacia atrás y alcancé mi primer orgasmo, gritando a todo pulmón, mientras el otro hombre intentaba comerme la boca a besos. Enseguida sentí un calor intenso y supe que mi asaltante había acabado dentro de mi concha, llenándome de semen.

Entonces se salió de mi cuerpo y el tipo de la pija gigantesca me hizo girar casi en el aire, haciendo que aterrizara otra vez con mis manos sobre el lavatorio. Escuché que se reían y comentaban algo en árabe, pero enseguida sentí esa enorme verga haciendo presión contra mi estrecho orificio anal…

Me imaginé que iba a desgarrarme con semejante diámetro de verga, así que giré mi cabeza y le supliqué con lágrimas en los ojos que no me la metiera por el culo.
Pero el gigante sonrió maliciosamente y me tomó por los cabellos, haciendo que mirara hacia adelante, teniendo entonces mi imagen reflejada en un espejo. Me estremecí de la cabeza a los pies.

Cerré los ojos y esperé lo peor, mientras la punta de esa verga monstruosa seguía deslizándose entre mis nalgas arriba y abajo…Para mi sorpresa, me penetró muy despacio la concha, haciéndome doler bastante debido a semejante grosor. Me cogió despacio y con suavidad. Al principio sólo entró hasta la mitad más o menos. Empezó a hablarme en francés al oído. No sabía qué me estaba diciendo pero me estaba poniendo cada vez más caliente y excitada. Poco a poco cada vez conseguía que entrara más volumen de su enorme verga negra en mi interior, hasta que por fin la pudo meter en mi vagina completamente.

Estuvo así unos segundos sin moverse hasta que empezó un suave vaivén que aumentaba de ritmo progresivamente. Cada vez iba a más y pronto comenzó a tírame del pelo hacia atrás mientras empujaba con mucha potencia su verga dentro de mi dilatada concha. Empecé a chillar de nuevo. Me dolía muchísimo esta cogida, pero enseguida sentí dos orgasmos casi simultáneos con esa pija prodigiosa dentro de mi cuerpo.

Luego quedé inmóvil de nuevo, totalmente agotada y dolorida. El árabe siguió empujando unos segundos más, luego me la sacó de un golpe y me empujó hacia el suelo, acercándose a mi cara.
Yo sabía lo que quería: la tomé con las dos manos y lo masturbé hasta que acabó en mi cara.
Los dos se vistieron rápidamente mientras yo seguía en el suelo. No paraban de reírse. Salieron y me dejaron allí, en el suelo, con semen hasta en el pelo. No me pude mover por un rato.

Cuando lo hice pude limpiarme y vestirme a duras penas. Me costaba caminar, la concha me dolía mucho y me ardía, podía sentir el semen de ambos hombres deslizándose por el interior de mis muslos. En la estación subí al tren y regresé al hotel, pero Víctor todavía no estaba allí.
Aproveché su ausencia para darme un buen baño de inmersión. El agua caliente me hizo relajar bastante, mientras recordaba a esos dos argelinos taladrándome con sus enormes vergas. Me excité y quise masturbarme, pero el dolor me lo impidió. Sentía mi concha inflamada y dolorida.
Me acosté y llamé al celular de Víctor, que se alegró al saber que yo estaba a salvo en el hotel, aunque no le dije nada de lo que me había sucedido en la estación. El pobre había estado preocupado buscándome durante horas, así que se merecía un premio.

Cuando entró a la habitación me encontró desnuda en la cama, boca abajo, vistiendo solamente medias negras de nylon y zapatos de taco aguja. Había puesto almohadones debajo de mi cuerpo y mi cola se alzaba, mostrando mi orificio anal untado con gel lubricante y brillando bajo la luz tenue.

No dije nada, ni siquiera volteé para mirarlo, pero enseguida sentí el peso de su cuerpo sobre el mío y su dura verga entrando en el único lugar que los argelinos me habían perdonado

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