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Fantasía de un rapto – BDSM

Big Tits

Fantasía de un rapto – BDSM
María, termina de trabajar tranquilamente, agotada mentalmente y lo único que quiere es llegar a casa para descansar, si eso, chatear un poco, ponerse cachonda, masturbarse e irse a la cama desfogada; y en esos pensamientos anda y va al parking a coger su coche, no es muy tarde pero sorpresivamente no hay un alma por la calle, lo que por un lado le sorprende por otro no le quita el sueño. Sólo quiere llegar a su coche e irse a su casa. Cuando está a punto de entrar al mismo, sin saber de dónde ni porqué aparece un chico enmascarado, alto con chaqueta de cuero que se abalanza sobre ella y le tapa la boca con un pañuelo para que no grite, le pone algo duro contra la espalda, y le dice al oído que como grita se va a enterar; pero no le da tiempo a responder porque el pañuelo estaba impregnado de cloroformo lo que hace poco a poco pierda fuerzas y se desvanezca y pierda la consciencia.

Cuando vuelve en sí, está desnuda, encima de una mesa de madera, atada de pies y manos a merced de cualquier loco. Mira a su lado derecho y ve una cruz de san juan, y a su izquierda una jaula abierta y vacía. Al levantar la cabeza ve una cama con más ataduras y espejos varios alrededor y encima… detrás suya no puede ver nada pero presiente que el loco que busca está ahí, mirándola y esperando a que se recupere del desvanecimiento. Le gustaría gritar, pero no puede, no porque no quiera ni tenga fuerzas, no, es porque el chico le ha amordazado la boca con una bola maciza que con unas correas de cuero rodean su cara y le presionan la bola contra su boca, sólo puede generar ruidos pero leves por ese obstáculo que tiene.

Nada puede hacer, sólo esperar y que nada malo le suceda, aunque intuye que algo va a pasarla… quien sabe si en esos muchos sueños sexuales que ha tenido y deseado alguno se va a cumplir, sólo espera eso, que sus fantasías se cumplan en la forma que ella quiera y no en la que otro desea.

Finalmente, cuando más desconcertada está, el chico aparece y le habla, le dice que sí, está en una posición de desventaja, que va a sufrir un poco pero que también va a sentir placer y que probablemente ella sienta más placer que el que él va a obtener de todo ello… que se relaje porque nada puede hacer y que disfrute en la medida de lo posible.

“Lo primero que voy a hacer es ponerte unas pinzas en los pezones y con las cadenas que cuelgan del techo sujetarte dichas pinzas, poco a poco iré tirando de las cadenas desde el otro lado de la habitación y así hacer que tus tetas y pezones se estiren un poco, para que sientas un poco de presión a la par que ardor en tus delicados y puntiagudos pezones”.

De esta forma, el chico se acerca a ella, pero ella no puede reconocerle ni por voz, ni por cara; ésta última imposible ya que el chico está enmascarado y no es posible reconocerle. Lleva un chaleco y una camisa a cuadros. De pantalones lleva unos vaqueros y unas botas. Parece un secuestrador de película.

Una vez frente a ella, el chico le masajea los senos y le pellizca los pezones, lo que hace que un escalofrío recorra toda su espalda, una mezcla de vergüenza, placer y miedo, una mezcla de necesidad y pavor, una mezcla de… dios mío no pares. Y eso pasó, que masajeó, pellizcó y unas pinzas metálicas aprisionaron su pezones erectos; y una vez atados a las cadenas empezó a subirlos, lo que hizo que un pizca de dolor surgiera e hizo que se le arqueara la espalda para evitar ese dolor… Él lo disfrutó y al final relazó la tensión de las cadenas, permitiendo a María reposar la espalda contra la mesa, él, no obstante, como contraposición le dijo que le permitiría descansar la espalda pero que le iba a castigar por ello. Así, dicho eso cogió más pinzas y se las puso en los labios vaginales. Ella creía que iba a ser horroroso y por el contrario, aun sin sentir placer, no sintió dolor, era una sensación extraña pero al menos no dolorosa.

“Vaya, que raro, estás húmeda… parece que no está siendo tan malo esto de tenerte aquí atada”.
¿Cómo podía ser que estando en una situación así pudiera estar húmeda? ¿Este grado de indefensión y sumisión forzosa le estaba gustando a María? Ella, por un lado, se ruborizaba sólo de pensarlo, pues lo que en un principio fue miedo, al darse cuenta que él estaba siendo cuidadoso con ella, le generó cierto grado de confianza permitiéndola sentir la incesante necesidad de ver hasta donde ella podría llegar, incluso correrse de placer, algo que empezó a entender que sería posible porque su cuerpo había empezado a mojarse sin que ella le hubiera dado permiso ni deseo.

“Voy a ser malo contigo”.

Ella se temió lo peor, y así fue, el chico empezó a hacerla cosquillas por todo el cuerpo, lo que hizo que ella se convulsionara porque a cada movimiento los pezones se estiraban y le generaban un dolor agudo hasta el punto que ambas pinzas se desengacharon de aquellos y lo que fue dolor, en un segundo se convirtió en ardor y poco a poco fue desapareciendo para que ella sólo pudiera centrarse en el cosquilleo constante que el chico hacía sobre ella ya que no paraba y con sus dedos recorría todo su cuerpo en busca de eso, hacer sufrir a su inquietante mujer atada… axilas, senos, tripa, pubis, muslos y pies… ella estaba extasiada y jadeante por el esfuerzo y retorcimientos de cuerpo que había tenido, y él satisfecho por un lado, pero por otro desilusionado.

“Me he reído contigo jeje, pero me ha desilusionado que te hayas quitado las pinzas de los pezones; eso se merece un castigo que luego te aplicaré, ya que ahora no puedo”.

Un castigo! Pero si yo no he hecho nada, has sido tú, cerdo! Pensó ella pues no se atrevió a decirlo por si hubiera sido para ella.

Por un minuto, el chico salió de la escena y volvió con un gran vibrador. Éste, sorpresivamente encajaba entre lados dos piernas de María, lo ajustó a la mesa por la parte de atrás, y el cabezal lo apoyo en la vagina de ella, tocando el clítoris de ésta. No lo puso en marcha aún y volvió a salir de la visión de ella.

Al volver, trajo algo más raro, era una especie de mordaza pero distinto a lo que podría pensarse. Le quitó la mordaza que tenía y le puso esta nueva mordaza. Realmente no era una mordaza, su función no era otra que mantener la boca de la chica bien abierta si modo alguno de poder cerrarla, era… o dios mío, servía para poder follarla la boca sin que nada pudiera hacer ¡y ya la tenía puesta!

El chico le levantó la cabeza y descorrió parte de la mesa, dejando su cabeza por fuera de la mesa… sin duda alguna, le iba a follar la boca… o al menos eso pensaba ella. ¿Se equivocaría?

No tuvo mucho tiempo para pensar sobre ello, porque al segundo ese vibrador que tenía entre sus piernas comenzó a vibrar fuertemente, sacudiendo de su mente cualquier duda, miedo o temor, pues a cada segundo que pasaba un escalofrío placentero comenzaba a nacer y recorrer todo su cuerpo, todo su alma.

El chico, por detrás, sin que la viera, tenía su polla fuera de los pantalones, dura, erecta, vibrante, preparada para penetrar su boca… y no esperó. Se acercó, le agarró de la cabeza, tiró hacia atrás y empezó a penetrar.

Ella, centrada en esos temblores se sobresaltó por un segundo y después comprendió lo que sucedía. Se dejó hacer, sintió la polla del chico en su paladar, la lengua, su garganta. Notó como era follada, le costaba respirar pero aguantó con una cerda a la par que sentía como un orgasmo le llegaba y llenaba dentro de sí, un orgasmo que no tardó en aparecer y que a pesar de la extrema sensibilidad que le provocaba en sus partes sexuales tuvo que aguantar a otros más porque aquel vibrador infernal no dejaba de funcionar… y mientras, la polla de él seguía penetrándola… ella gemía de placer y gritaba en lo que podía con ese miembro viril dentro de su garganta. Tosía y él paraba para dejarla respirar pero una vez se recuperaba el continuaba hasta que finalmente se corrió en su garganta y que ella no pudo más que tragar.

Un sufrimiento lleno de placer ya que tras el quinto orgasmo suplicó que parara y el chico le concedió tal deseo… dejándola tranquila por unos instantes para que saboreara el semen de su compañero y se recuperara de su quinto y dulce orgasmo.

El chico le quitó la mordaza, lo que ella agradeció eternamente ya que sentía que su mandíbula empezaba a dormírsele. También le quitó las ataduras de los pies y le quitó las pinzas que tenía en los labios vaginales. Le quitó el vibrador y del techo, de donde colgaban las cadenas de las pinzas bajó una cuerda con ataduras perfectas para atar las manos de ella. Dicho y hecho, le quitó las ataduras que mantenían a María atada a la mesa y le obligó a subirlas por encima de la cabeza para atarlas a esa cuerda o soga del techo. Una vez atadas, le hizo levantarse de la mesa y quedar de pie, atada de manos al techo.

El chico movió la mesa y dejó a María, desnuda y muy húmeda en medio de la habitación; como no, a merced de él.
“¿Recuerdas que te dije que te castigaría? Pues vamos a ello ahora mismo”.

El chico sacó de la nada un látigo y una vara, se puso detrás de ella y con la vara empezó a darle en las nalgas, primero a una y después a la otra. Fue intercalando vara y mano y le pidió a ella que según le diera le contara con que intensidad o dolor percibía ella que estaba dándola. Del 1 al 10 debía decir, el 1 para menos intensidad y el 10 para más intensidad y dolor. Así estuvieron un rato, las más suaves le producían una sensación interesante, no placer, pero tampoco dolor, en cambio cuanto mayor era la intensidad, mayor la picazón e incluso dolor, cuando llegó a un nivel de 8 el chico le dijo que como tuviera que castigarla en extremo acudiría a ese nivel para que rectificara sus humos y ahí comprendió lo cruel que él también podría ser con ella.

Finalmente dejó la vara a un lado y se puso frente a ella y con el látigo se ensañó con su busto, unos pezones aún erectos y enrojecidos por la presión anterior. Ella temía lo peor con el látigo, pero para su sorpresa, los latigazos que recibió no eran dolorosos, a cada latigazo que recibía mayor era el sonido provocado pero ningún dolor aparecía, recibir aquellos latigazos le generaban un extraño placer dentro de su sexo, de su coño acalorado, dispuesto para más. Y así fue como el chico le dio latigazos en el busto, pezones, tripa y le hizo abrir las piernas para recibir latigazos en su coño chorreante… porque bien se notaba que le provocaba placer, ver como se mordía los labios con sus dientes era indicativo de ello; pero para confirmarlo, con sus propias manos tocó su coño y efectivamente estaba muy mojado.

Le agarró del cuello con una mano, mientras que con la otra la masturbaba duramente; con esa mano masturbadora le dio a probar a ella su propios flujos que relamió y saboreó, saboreó y lubricó y una vez bien lubricados fueron para dentro de su coño, los introdujo, no uno ni dos, sino tres y cuantos pudo meter hasta que ella se estremeció y se corrió una vez más… estaba agotada, ya no quería más pero no podía hacer nada. Tenía los brazos entumecidos, necesitaba descansar.

El chico lo vio y la desató… la obligó a sentarse mientras él traía un potro. Cuando lo puso a su lado la obligó a ponerse en él, a cuatro patas y nuevamente la ató. Su torso podía descansar en el potro, incluso la cabeza si quería.
Ella estaba como en trance, había empezado a perder la noción del tiempo, de los orgasmos, del placer. No sabía si estaba más en sueño o en la realidad… en ello andaba metida cuando sobre sus nalgas empezaron a recorrer unos hilillos de lubricante; un lubricante que empezó a bajar entre sus nalgas y que finalmente tocaron su ano cerrado, un ano que el chico ya se encargó de lubricar muy bien y comenzar su dilatación con el dedo, fue metiendo uno y luego un segundo dedo con más lubricante hasta que finalmente introdujo una joya anal de aluminio, reluciente que previamente había dado a probar a María y que había relamido con gracia y morbosidad. Lo había probado pero no había querido mirar que era, ahora supo para qué era.

Allí quedó la joya anal puesta, mientras el chico volvió a sacarse la polla y embistió a la chica por el coño, dilatado, húmedo e irritado…no tenía claro si habría un séptimo orgasmo, pero allí estaba él follándola a cuatro patas. Ella gemía en una mezcla de placer y dolor, y de su coño brotaban fluidos femeninos como nunca antes, mezcla de su propia corrida y fluidos naturales lubricantes de ella.

A cada embestida ella soltaba un gritito y él, cuando quiso le quitó la joya anal para meter su polla hasta que llegó su extasis y se corrió.

Ella había cumplido, así que la desató del potro, la llevó a una bañera que allí había y la metió. El baño era de agua caliente, sales de baño. La lavó cuidadosamente, la dejó relajarse un poco para después sacarla, secarla y meterla en la cama. La dio un masaje relajante y la dejó descansar. Había sido una zorra buena. Dormía plácidamente, con una sonrisa de oreja a oreja.

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