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La chica del camping

La chica del camping
Novena parte de la historia publicada con el mismo título, recomiendo la lectura de las anteriores, antes de seguir, para no perder el hilo. Espero que os esté gustando.
El fin de semana siguiente a mi viaje relámpago a Madrid fue un auténtico desmadre. Después de la orgía que nos montamos en mi bungaló, el sábado fuimos al local liberal y terminamos de nuevo mezclados y el domingo por la tarde, mientras echábamos un café los seis juntos en una cafetería del paseo marítimo, se nos ocurrió la brillante idea de entrar a follar por parejas al aseo. Y no me refiero a que cada una de nosotras entrara con su chico sino que, por el contrario, el juego consistía en hacerlo más de una vez y con personas diferentes por el mero morbo de espiar al resto de clientes a ver quién se coscaba que estábamos haciendo algo raro.
El lunes, por el contrario, fue mucho más relajado. Eva vino a buscarme temprano para salir con la barca a hacer las primeras fotos para mi blog y habíamos decidido comenzar por nuestra calita. Pensé que sería un buen momento para interrogarla porque, os recuerdo, apenas sabía nada de ella y tenía curiosidad por saber qué vida había tenido para haber terminado forjándose su peculiar carácter.
Habíamos echado el bote al agua en la playa de enfrente del camping y habíamos empezado a navegar hacia el sur para conocer la costa y llegar hasta nuestra playita, que era la primera sobre la que iba a escribir. Apenas nos habíamos alejado lo suficiente de la orilla y de la gente y, enseguida, nos quitamos los bikinis y continuamos la singladura como dos sirenas desnudas en el agua mientras disfrutábamos del paisaje que ofrece la costa almeriense desde el mar.
-¿No te ha puesto tu padre pegas para coger la barca? –le pregunté.
-No la usa entre semana… Ni siquiera la usa todos los fines de semana… Así que puedo cogerla cuando me apetece… –contestó.
-Todavía no sé a qué te dedicas exactamente –continué diciendo –porque hay veces que parece que trabajas en el camping pero, sin embargo, es como si no tuvieras un horario fijo o como si estuvieras de vacaciones y echaras una mano de vez en cuando. Vale que seas la hija del dueño pero, precisamente por eso, me choca que vayas tan a tu avío sin echarle cuentas al negocio… -.
-Tú lo has dicho, soy la hija del dueño… Así que mi padre es el que trabaja y yo quien disfruto y hago lo que me sale de las narices… ¡Que me lo he ganado!… –terminó casi suspirando.
-¿Hay alguna historia detrás de ese suspiro? –pregunté curiosa.
-Hay muchas historias… -respondió Eva –Si no es la mía, es la de mi padre. Y si tampoco es la suya, es la que cuentan los vecinos… No es una sola, Laura… Son… demasiadas historias… -.
Me quedé mirándola con cara de esperar algo más, una respuesta más larga. Eva parecía evadirse momentáneamente pero también parecía querer desahogarse. Al final habló.
-Esposa que muere prematuramente, hija que sufre abusos, palizas, los cuchicheos de los vecinos… -.
-No me interesa ni lo que piensen los vecinos ni lo que opine tu padre… Cuéntame tu historia -.
Eva resopló y, en seguida, una cadena de deducciones me hizo darme cuenta de la dureza del relato que iba a escuchar. Eva trataba de buscar las palabras para empezar a hablar mientras me miraba. Y debe ser que plasmé mis pensamientos en el gesto porque, conforme fui consciente de que venían curvas, Eva pareció calmarse y fue capaz de empezar a contar su historia.
-Mi madre murió hace once años de forma prematura por una enfermedad que se la llevó de la noche a la mañana… tuvieron que hacerle la autopsia y todo así que, desde el principio, todo pareció confabularse para que mi padre terminara por volverse loco… Le afectó todo muchísimo y, al final, acabó reventando por dónde menos podía imaginarme y empezó a abusar de mí… catorce años tenía yo entonces… La cuestión es que yo también me había quedado tocada con aquello y, al principio, me parecía comprensible que mi padre necesitara acostarse conmigo. Así que se lo permitía… -Eva tragó saliva -¿Me pasas una cerveza? -.
Abrí la nevera que habíamos preparado y saque un par de latas, una para ella y otra para mí.
-La cuestión es que, lo mismo que empecé a mantener relaciones con mi padre, también empecé a acostarme con todos los tíos que me apetecía. Así que, con quince años, ya me había pasado por la piedra a la mitad de los chicos del pueblo y, como te puedes imaginar, me había granjeado una fama que no iba a tardar mucho en empezar a provocarme los primeros problemas… -.
-¿Qué fueron…? –pregunté para mostrarme dentro de la conversación.
-Las discusiones iniciales con mi padre por supuestos rumores que, posteriormente, pasaron a ser broncas monumentales y luego palizas… Mi padre me daba estopa cada vez que se enteraba de algún chisme, cosa que no era muy difícil en esta mierda de pueblo, y remataba la faena follándome y diciéndome unas guarrerías que fueron las que me hicieron reaccionar… -.
-¿Qué pasó? -.
-Habían pasado un par de años desde que mi padre había comenzado a abusar de mí. A pesar de que no estaba bien, lo cierto es que al principio lo hacía con mucha delicadeza y tomando las pertinentes medidas de seguridad. Así que, aunque no fuera por el buen camino, lo cierto es que tuve en mi padre a un buen profesor sobre sexo seguro y delicado. Ese era el sexo que imaginaba que habría tenido con mi madre y, por tanto, ese era el sexo que le permitía. Cuando pasó a violarme intenté impedírselo pero, claro, me daba cien vueltas en fuerza física y era una batalla perdida. Así que casi que era mejor abandonarse porque, al menos así, sería menos “doloroso”… -.
-Me estás dejando helada… ¿Y cómo es que aún vives con él? -.
-Porque es la única familia que tengo, Laura… Se ha equivocado pero supimos parar antes de que fuera demasiado tarde. Y, ahora, aunque guarde las distancias con él, no es justo dejarle solo, ni quedarme sola, porque es mi padre, mi única familia… Déjame que termine de contarte y lo entenderás… -.
Sonreí invitándola a que continuara.
-En los tres años siguientes la tónica se fue repitiendo… Me acostaba con éste, esta o aquel, mi padre se enteraba de alguno y me daba de hostias y, entre palizas y polvos, fui aprendiendo muchas cosas… No solo me hice fuerte sino que, además, he de confesarte que viví experiencias alucinantes. Tenía el control cuando follaba con otros, ese control que perdía cuándo era mi padre quien me zumbaba. Así que pude experimentar todo lo que quise y fui, además, lo suficientemente fuerte como para impedir que alguien me obligara a hacer algo que no quisiera. Ese “triste privilegio” solo le correspondía a mi padre… -.
-Ahora ya empieza a cuadrarme un poco más tu personalidad –le dije en el tono más cariñoso que fui capaz de encontrar –¿Cómo terminó? ¿Qué pasó para que tu padre dejara de hacer lo que hacía y llegarais al punto en el que os encontráis? -.
-Comprendí que ni siquiera mi padre era merecedor de gozar del triste privilegio y, un día, le paré los pies -.
-¿Qué le hiciste? ¿Le pegaste? -.
-¡Qué va tía! –Se rió por mi tonto comentario –Lo que pasó es que, aunque aún no sé realmente cómo lo hice, conseguí que mi padre me escuchara… -.
Inmediatamente puse cara de querer conocer esa historia y hasta abrí la nevera para sacar la segunda cerveza. Pero Eva no me dejó terminar el ritual y, antes de que pudiera pasarle su lata, me interrumpió.
– ¿sabes qué? Que antes de contarte aquella noche casi que me apetece primero darme un baño… -.
Las dos miramos hacia la costa. No me había dado cuenta de que ya habíamos llegado a nuestra cala y nos encontrábamos frente a ella a unos doscientos metros mar adentro.
-Tía!… Que estamos ya con las cervezas y nos está dando la chicharrera… A ver si te va a pasar algo… Además, ¿Luego cómo piensas subirte de nuevo a la barca? -.
-Ahora lo verás… -.
No me dio tiempo a reaccionar. Cuando quise abrir la boca, Eva ya se había tirado al agua.
-Está de vicio nena… Anímate y date un baño -.
-Habrá que echarle a la barca el ancla o algo, ¿No? –pregunté con cierta preocupación.
-Cierto! Asegúrate de que el cabo está bien atado a la abrazadera y tírala –contestó.
Mientras trataba de desenmarañar el cabo para comprobar que ambos extremos estaban bien anudados y que había metros suficientes como para llegar al fondo que, dicho sea de paso, se veía perfectamente bajo las cristalinas aguas de las costas almerienses, comenzó a sonarme el móvil. Abrí mi bolso para cogerlo y, al responder, me llevé una inesperada sorpresa.
-¡¿Cómo que estás en Mojácar?! ¿Qué haces aquí? -.
El tono de mi voz alertó a Eva que, desde el agua, me miraba tratando de adivinar quién me había llamado y qué estaba pasando.
-Es mi hermana Inés –le dije –que se ha presentado por sorpresa en Mojácar y quiere saber dónde estamos -.
-Mándala al bar que hay al lado del camping y ahora vamos para allá -.
-Inés, espera un segundo… -le dije a mi hermana -¡Eva! ¿Por qué no le indicas tú que te conoces esto? Yo me voy a hacer un lío y no voy a ser capaz de enterarme de nada… -.
Con una facilidad pasmosa Eva volvió a subirse a la barca por la popa apoyándose en el motor y en la quilla con las manos. Cogió una toalla para secarse la oreja y las manos y, a continuación, me quitó el teléfono.
-Hola guapa, soy Eva… Un segundito… ¡Laura! ¡Al agua! -.
La miré con cara de no entenderla. Si debíamos irnos ¿Por qué me mandaba al agua?
-Venga tía, que tengo que hacerte la foto y está tu hermana esperando… -.
-¿Qué foto? –escuché a Inés al otro lado del auricular.
-Ahora te lo cuento –le respondió Eva -¡Venga, va! Al agua patos -.
Me senté en la borda con los pies por fuera y, una vez que comprobé que el agua estaba realmente rica, me empujé hacia el vacio para tirarme al mar. Luego, desde el agua, estuve mirando a Eva mientras hablaba con mi hermana y estuve chapoteando entre la barca y la costa esperando que sacara la cámara de fotos y me dijera algo.
-Nada a brazas hacia la orilla. Pero muy lentamente… -.
Eva sujetaba el móvil con el hombro para seguir hablando con mi hermana mientras que se echaba la cámara a la cara para fotografiarme. Después de que me diera esa indicación, la miré durante unos segundos en los que la vergüenza aun me impedía desinhibirme y, por fin, le di la espalda y comencé a nadar como me había pedido pero buscando la forma de sensualizar los movimientos de mi cuerpo al hacerlo.
-¡Venga, ya está! Vente para acá –la escuché decirme a los pocos segundos.
Volví a darme la vuelta para empezar a nadar hacia la barca y Eva continuaba con la cámara en la cara haciéndome fotos. Mi primera reacción fue de sorpresa y me detuve pero luego decidí que me apetecía nadar del mismo modo hacia la barca en que lo había hecho antes cuando me alejaba de ella. Y Eva me echó algunas fotos mientras me acercaba.
-¿En qué has quedado con mi hermana? –le pregunté.
-En que nos espera en el bar… ¡Tía! ¡Qué guay! Voy a conocer a tu hermana… -.
…Y yo iba a tener que soportar que se riera de mí y de mi reciente, y contradictoria con mis principios, desinhibida y alocada faceta liberal.
Una vez de nuevo a bordo, y mientras emprendíamos el camino de regreso a casa, Eva terminó de contarme la historia de su padre. Retomó por donde lo habíamos dejado y me contó que, el día que logró hacerse oír, participó de la discusión más desnuda, cruda y desagradablemente esclarecedora de su vida. Me contó que, tanto ella como su padre, desnudaron sus miserias y se echaron toda la mierda posible en la cara. Sin embargo, a pesar de la mala pinta que suele tener una bronca así, esta sirvió para hacerles entrar en razón. Luego, y puesto que son la única familia que tienen, decidieron solucionar el problema y se pusieron en manos de una psicóloga que les ha ido reordenando la vida.
-¿Y qué tal lo llevas? –le terminé preguntando.
-Pues ya me ves… No nos hablamos más que lo necesario y todavía me cuesta reconocer el cariño de un padre en lo que él define como “sus esfuerzos”… sé que se está esforzando pero, tía, ¡aquello ni estaba bien ni podía traer nada bueno!… Aun me queda algún que otro bloqueo contra el que enfrentarme. Pero bueno… Sé cuáles son y sé que puedo prepararme para enfrentarme a ellos cuando sea oportuno. Así que, en definitiva, soy optimista con mi evolución y eso me hace pensar en un futuro mejor y… -Eva sonrió maliciosa antes de volver a hablar -…Y además soy una verdadera maestra en las artes sexuales para una mitad masculina del pueblo y un putón verbenero para la otra mitad. A eso se le puede sacar mucho partido –dijo riéndose en tono sarcástico-superado.
Mientras hablaba vi como se acercaba a nosotras desde popa una moto acuática. La llevaba un tío que, cuando estuvo a nuestra altura y nos vio desnudas, exclamó:
-¡Dios bendiga a Neptuno por enseñarme estas sirenas! ¡Vaya dos preciosidades he visto en el agua!-.
Y, tal y como se acercó, se marchó sin darnos opción a respuesta.
-¡¡Mierda!! ¡Nos faltan caballos para ir a su alcance! –dijo Eva riendo -¡Se nos escapa el buenorro!! –y puso un simpático gesto de velocidad agarrada al timón del motor fueraborda con el que tuve que echarme a reír.
-¡Vuelveeeeeee! ¡No nos abandones! –empecé a gritarle al desconocido que, a lo lejos, ya era imposible que me escuchara.
Luego, mientras terminamos de reírnos, cogimos la ropa y volvimos a vestirnos. La playa estaba cerca y había que desembarcar y encontrar a mi hermana.
Sacamos la barca del agua y Eva se acercó a por el coche y el remolque para echarla en lo alto. Mientras lo hacía, el chaval de la moto acuática apareció de repente y, tras dejar la moto embarrancada en la arena, me dijo:
-Que sepas que te he escuchado pidiéndome volver – sonrió –Me encantaría poder conoceros pero… – y me enseñó un anillo de casado mientras esbozaba el más salao de los gestos que había visto nunca en la cara de un tío –No dejéis nunca de sonreír y de tomaros la vida con humor. Sois la fantasía de muchos hombres –.
-¡Vaya!… Gracias! –No me dio tiempo a decirle nada más porque echó a andar hacia el aparcamiento.
Eva se lo cruzó mientras maniobraba para acercar el remolque a la orilla.
-¿Ese no era…? –me preguntó.
-¿El buenorro que ahora cree en las sirenas y que las ha dejado escapar, a pesar de que nos ha escuchado gritarle que volviera, porque está felizmente casado? Sí, era él… -.
-Y no creo que su mujer… – Eva terminó de decir esa frase con gestos. Hacia movimientos de muñeca con la mano con el dedo índice extendido como si estuviera inmersa en un proceso deductivo que, a juzgar por sus complementarios movimientos de cabeza, no tenía pinta de llegar a buen puerto -¡Qué egoístas son algunas mujeres! –terminó diciendo de nuevo en voz alta y tono indignado.
-¡Ni que lo digas! –suspiré –Y nosotras que zorrones, siempre pensando en lo mismo –y nos echamos a reír.
Subimos la barca al remolque y salimos de la playa. Durante los cinco minutos que duró el trayecto hasta el bar en el que debía estar Inés, a Eva y a mí nos dio tiempo de ir saltando de tema en tema hasta que terminamos hablando de Fer, de Gabi, del fin de semana de sexo en grupo que habíamos vivido y del hecho de que, con la llegada de mi hermana, la situación que íbamos a vivir era totalmente nueva, diferente e, incluso para mí, imprevisible.
-A ver cómo encaja que ella se haya comido la bronca con mi padre por ser lesbiana mientras que yo, a sus espaldas, resulta que he sido casi la alcaldesa de Sodoma y Gomorra… -.
-Te preocupas demasiado –me dijo Eva –¡¡Si ni siquiera sabes a qué ha venido ni el ánimo que trae!! Además, no olvides que aquella pelea se resolvió porque tú interviniste. No te aturulles Laura, que está visto que funcionas mejor cuando te dejas llevar –terminó por decirme entre risas.
-¡Eso es precisamente lo que más me preocupa! –contesté bromeando –que, cuando me dejo llevar, soy un peligro… -.

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