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Los Panty de Dolores

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Los Panty de Dolores
El domingo fue un día penoso. Tenía una resaca de caballo y me sentía a morir. Había salido la noche anterior, hasta muy de día, y hasta me quedé a desayunar churros, que me sentaron como el culo.

Uno de los recuerdos que me quedan de la velada es llegar a casa, y mientras intentaba abrir la puerta de la calle (sin éxito), mi vecina Dolores me abrió. Se dirigía, como cada domingo, a por el pan y el periódico. Lo sé porque los pocos fines de semana que no salgo y me emborracho, la veo llegar a mediodía con un pan y un periódico.

– ¡Buenos días! –me saludó–. Hoy has mad**gado mucho, eh Tomasín –dijo bromeando. Como me conoce desde que nací prácticamente, siempre me ha llamado Tomasín.

– Buenas… pues sí, hoy se me ha hecho un poco tarde… –acerté a decir.

– ¿Qué tal tus padres? Hace mucho que no los veo y que no vienen por aquí… –observó.

Mis padres se fueron a vivir al pueblo hace un par de años, hartos de residir en la ciudad. De manera que me dejaron el piso en el que habíamos vivido siempre. Tenía a mi disposición una amplia vivienda de 120 metros, en pleno centro de Zaragoza. Lo cual, para un soltero de treinta años, con trabajo y sin hipoteca, era un auténtico chollo.

– Pues bien… por el pueblo están –dije; tenía resaca y no me apetecía que me diera el coñazo.

– Dales un beso –me pidió.

– De tu parte.

– Anda tira a dormir, que vaya cara me llevas –se despidió finalmente, dándome dos suaves palmadas en la mejilla.

La verdad es que a lo largo de mi vida han caído bastantes pajas con la Dolores, sobre todo cuando era más joven; pero esa mañana sólo tenía ganas de echarme a dormir.

Para mí había sido un mito erótico en mi adolescencia, cuando ella tenía treinta y tantos: por entonces era un pibón que estaba soltera, morena de grandes pechos, y enseñando casi siempre las piernas llevando faldas. Además simpática, siempre tenía un saludo afectuoso o una palabra agradable, muy risueña y dulce. Lo que se dice una mujer de bandera. Pero ahora, le había pasado como al buen vino: había mejorado con el tiempo. Con cincuenta años, seguía vistiendo igual. Su figura no sólo no había envejecido, sino que se veía cada día mejor. Se notaba que se cuidaba. Y seguía tan amable y soltera como siempre.

———-

A la semana siguiente, llegué un día a casa a la hora de comer. Mientras subía las escaleras (escaleras grandes de bloque viejo), me crucé con la Dolores.

– ¿Qué, ya te has recuperado? –se interesó con una sonrisa.

– Buf, sí, el domingo estuve muerto todo el día –contesté.

– Si es que ya no tienes edad –dijo riendo, mientras me cogía del brazo. Siempre ha sido muy tocona, y no ha tenido reparos en agarrar del brazo, coger el hombro o tocar la cara. A mí, por supuesto, nunca me ha importado lo más mínimo.

– Deja, que yo siempre rockanrolearé –aseguré.

– Ya verás cuando tengas mis años, ¡que ya no te queda tanto! –bromeó.

– Anda ya Lola, si tú te conoces todos los garitos del Casco y la Zona –le vacilé, mientras yo ya subía las escaleras y ella se alejaba bajando.

– ¡Anda tira! –se despidió.

Pero cuando ya casi había llegado al siguiente tramo, me giré para mirarla, momento en el que ella también se giró mirando hacia arriba, con una bonita sonrisa en el rostro. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, antes de que ambos desapareciéramos de la vista del otro.

———-

Ella vivía sólo un piso más arriba, en la misma letra. Había estado allí algunas veces, cuando era más pequeño: había ido con mi madre de niño, alguna vez que tomaban café juntas; o cuando me mandaban a por un huevo o un poco de leche porque se nos había acabado. Ahora hacía mucho que no me dejaba caer por allí. Tampoco era lo mismo, ya que con quien tenía más confianza, obviamente, era con mi madre.

Tan sólo dos semanas después de aquel encuentro en la puerta de la calle, el domingo por la mañana, volví a salir hasta altas horas. Regresé bastante perjudicado, pero no tan tarde como la vez anterior porque aún era de noche.

No recuerdo casi nada nítidamente, pero sí que llegué y en esta ocasión no tuve problemas con la puerta de abajo. Pero al llegar arriba, metí la llave y no abría. Algo relativamente habitual, cuando llegas bolinga a casa, porque o bien no escoges la llave adecuada, o bien no aciertas en la cerradura, o ambas. Llevaba ya un rato en mi lucha particular con la puerta, cuando ésta se abrió tan de repente que casi caigo hacia delante.

– ¡Uy! ¡¿Pero qué haces tú aquí!? ¡Vaya susto me has dado!

Era Lola. Yo no entendía nada. ¿Qué narices hacía en mi casa?

– Anda pasa, que vas muy borracho –dijo.

Sin ninguna resistencia por mi parte, me cogió del brazo y me guió hacia el interior. Llevaba un camisón de dormir muy corto, apenas le cubría las bragas. Lo siguiente que recuerdo es acostarme y quedarme dormido al instante, con una gran sensación de confusión.

Desperté más allá del mediodía, en una habitación extraña que no conocía. ¿Qué coño había pasado? ¿Había ligado y estaba en la casa de alguna tía? De repente la realidad me golpeó como un bofetón. Había llegado y la llave no me funcionaba, y me abrió la puerta la Dolores. Joder, no estaba en casa, estaba en el piso de arriba. El de Lola.

Estaba en calzoncillos. Busqué la ropa por el cuarto pero no la encontré. Tenía una erección matutina durísima, de modo que tuve que esperar a que se relajara, porque no podía salir en gayumbos y encima empalmado.

En cuanto se me bajó, salí al pasillo para encontrarme con Lola, darle las gracias por acogerme y disculparme por las m*****ias. No es que me diera vergüenza que me viera en calzoncillos, pero no era la situación más cómoda del mundo estar casi desnudo en la casa de una vecina mayor. Me asomé al salón, y la vi sentada leyendo el periódico. Restos del desayuno reposaban en la mesa.

– ¡Hombre, mad**gador! ¡Buenos días por la mañana! –dijo levantando la cabeza de su lectura.

– Hola, buenas –saludé con timidez, saliendo del pasillo al salón. Como decía, no me daba pudor el que me viera en paños menores. Después de todo, era parecido a una figura materna. Lo que me daba corte era haber llegado borracho y equivocarme de piso.

– ¿Quieres un café? –me preguntó–. He hecho una cafetera y todavía está caliente.

– Hombre pues sí, no me vendrá mal –acepté.

– En seguida te lo pongo. ¿Pero qué haces ahí de pie aún? ¡Anda siéntate a la mesa! –me ordenó.

– Hombre es que… ¿dónde está mi ropa? Es que estoy en calzoncillos y me da cosa –titubeé.

– Cuando llegaste ibas muy perjudicado, y te la quité. Apestaba, así que la he metido a la lavadora. En cuanto se seque te la pones. ¡Y que no te dé cosa, que te conozco desde crío!

Qué bochorno, no sólo me había equivocado de casa, sino que ella encima me lavaba la ropa.

– Joder Lola, qué vergüenza, ya disculparás… y además me lavas la ropa –me excusé, sentándome en la silla.

– Calla tonto, que no es nada –dijo, quitando importancia al asunto–. Voy a ponerte el café, que se me va el santo al cielo.

Dobló el periódico y lo dejó en la mesa, y se levantó. Cuál fue mi sorpresa al ver que la bata que llevaba puesta, no estaba abrochada. Vi perfectamente su cuerpo bajo la bata: estaba en ropa interior, con sujetador negro que cubría sus grandes pechos, y una braga de color negro también.

Se dio la vuelta dirigiéndose a la cocina. Aquello sí que me dejó un poco turbado: si bien no me importaba estar en calzoncillos, no me esperaba para nada que ella también estuviera prácticamente en ropa interior.

– La leche y el azúcar están ahí en la mesa, ¿verdad? –preguntó desde la cocina.

– Sí! –respondí alto, para que me oyera.

– He metido la ropa en la secadora. En cuanto se seque, te la puedes poner –dijo mientras ya regresaba con la cafetera humeante y una taza. Su bata seguía abierta, no parecía importarle que la viera así.

Dejó la taza en la mesa, y empezó a verter el café en ella.

– Tú dirás –dijo, para que le indicara cuánto quería.

– Así, ya vale –le señalé cuando se llenó a mitad.

Me puse un poco de leche; Lola se sentó en su silla, pero en seguida se levantó.

– ¡Ay, qué cabeza tengo! –exclamó–. No te he dicho si querías galletas o algo. Me las he dejado preparadas en la cocina y se me han olvidado.

– ¡No, deja deja, es igual! –intenté negarme, pero ella ya se iba en dirección a la cocina.

Volvió a los pocos segundos con una bolsa de magdalenas y un paquete de galletas maría.

– Que daba igual, no tenías que m*****arte –dije, pero cogí una magdalena–. Encima de que llego a las tantas y te m*****o y me lavas la ropa, me das galletas.

– ¡Ay qué tonto eres! –repitió, riendo–. ¡Que no es ninguna m*****ia! Así me haces una visita, que si no ya no se te ve el pelo por aquí.

Se sentó en su silla, y cruzó las piernas. Iba descalza. Su bata seguía abierta: le cubría los hombros y parte del costado, pero el sujetador, el vientre, y las piernas, estaban totalmente a la vista.

No puedo decir que aquello no me excitara. Intenté aparentar estar lo más normal posible; pero era difícil teniendo en cuenta las circunstancias, yo medio desnudo y ella también. Era inevitable mirar de vez en cuando su cuerpo, a las tetas (grandes, y sobresaliendo por la parte de arriba del sostén), y a las bragas y piernas. No sé si me descubrió, pero si lo hizo no lo demostró de ninguna manera.

– Venga, cuéntame qué tal lo pasaste anoche –me pidió, y puso su pie sobre mi pierna, dándome unos golpecillos. Ya he comentado que Lola se tomaba muchas confianzas y tocaba mucho; pero que posara su pie desnudo sobre mi pierna, y me diera golpes jugueteando, no me lo esperaba y casi di un respingo.

– Bueno, la verdad es que no me acuerdo de mucho –comencé a decir, mientras ella retiraba su pie y se quedaba en la posición original, con las piernas cruzadas.

– ¡Y tanto! –me interrumpió–. Llevabas una buena cogorza. Y vaya susto me diste, pensaba que venían a robar. Miré por la mirilla y vi que eras tú, y ya me quedé más aliviada.

– Ya… perdón –dije con cara de circunstancias.

– ¡Que no te tienes que disculpar! Nos ha pasado a todos. Menos mal que tengo el sueño ligero y te abrí; te llevé a esa habitación porque siempre tengo las sábanas preparadas para cualquier visita.

Se había servido otro café, y le gustaba hablar.

– Ibas haciendo eses, y te conduje hasta allí –continuó, riendo–. Te ayudé a desvestirte y ya te dejé en la cama. Qué rico estabas, ahí dormidico.

– Qué vergüenza, por dios –murmuré.

– ¡Qué dices, vergüenza! ¡Pues anda que no te he visto echarte la siesta pocas veces de crío! –profirió–. Bueno pero sigue, que te he interrumpido –y volvió a darme con su pie en la pierna.

– La verdad que me lo pasé muy bien. Cenamos en el Tubo, y luego estuvimos en el Licenciado Vidriera y algún otro garito. Pero no me preguntes cuál porque no me acuerdo –dije, y ella se echó a reír.

Su risa era fresca y contagiosa, y me entraron ganas de contarle alguna anécdota graciosa.

– Bueno, y pasamos por la Plaza de los Sitios, y los tres que íbamos nos pusimos a mear. Pues justamente pasa la policía y allí nos tienes a los tres corriendo como críos –le relaté

– ¡Pero que ya no tienes veinte años, para andar haciendo el loco así! –dijo en medio de una carcajada sincera, no de quedar bien. Se divertía y se le notaba–. Bueno, y ligaste o qué –y me dio por tercera vez con el pie en la pierna; en esta ocasión no golpeó, sino que rozó pícaramente de lado a lado, gesto acorde con lo que me acababa de preguntar.

– ¿Ligar? Pfff qué va, todos a dos velas –contesté algo nervioso.

Me llamaba la atención que se tomara la libertad de tocarme con tanta confianza con el pie, sin pensar si me podía dar aprensión o asco. Que no me lo da, más bien todo lo contrario; pero de todas formas, me chocaba que una mujer de cincuenta años no tuviera eso en cuenta. Teníamos cierta confianza, pero no pensaba que hasta ese extremo.

– ¿Qué no ligas? Ya me extraña; ya te digo que tengo el sueño ligero y vives justo debajo –y me guiñó un ojo.

– ¿Y eso qué quiere decir? ¡Dios me libre de hacer ruido! –comenté entre risas, acabando mi café con leche.

– No no, si el ruido no lo haces tú, lo hacen tus visitas –y rió también–. Bueno, voy un momento al baño y recojo la ropa, que ya debe de estar seca.

Se levantó y se dirigió al pasillo. Desde mi posición no podía ver el interior del cuarto de baño, pero sí que vi que no había cerrado la puerta. Se la dejó totalmente abierta. Empezó a mear y oí perfectamente cómo caía con fuerza el chorro al váter. Me gustaba su naturalidad y su forma de decir y hacer las cosas.

– ¡No recojas nada! –gritó desde el interior, a mitad de meada–. ¡Déjalo todo así que ya lo recogeré yo luego!

Escuché cómo iba apagándose el chorro, hasta que cesó por completo. Le siguió el ruido de la cadena el wc, y a continuación salió Lola.

– Bueno, voy a sacar la ropa y así te puedes vestir. Y me pongo algo yo también, que si no dirás “esta tía es una guarra que va tol día desnuda por casa” –dijo con gracia. Su llaneza y espontaneidad cada vez me agradaban más.

– Oh, no, no pensaba eso –respondí, aunque sí me sorprendía que no tuviera recatos en ir con la bata abierta y estar junto a mí en ropa interior.

– Anda que no, pajáro –replicó, alejándose ya hacia el cuarto de la lavadora.

Permanecí en la mesa a la espera de que volviera, jugueteando con las migas de la mesa. Reapareció con un gran cesto de ropa limpia.

– Sígueme, que te doy tus cosas.

La seguí por el pasillo, hasta la habitación donde yo había dormido. Dejó el canasto en la cama, y cogió mis prendas.

– Toma, esto es tuyo, y esto es tuyo –dijo, entregándome mi ropa–. Y esto me lo llevo para mí –apuntó sonriendo, mientras se llevaba un par de cosas y dejaba el cesto sobre la cama.

Me puse el pantalón y la camisa, cuando oí que Lola me llamaba desde su dormitorio.

– ¡Tomasín! –exclamaba–. ¡Anda tráeme la camisa blanca porfa, que no sé ande tengo la cabeza!

Tomé la camisa blanca que me había indicado, que estaba encima de toda la ropa. Había varias bragas en el montón; no le importaba mucho que las pudiera ver o tocar. Se la llevé a su habitación. Estaba terminando de subirse un vaquero, por lo que le vi otra vez las bragas antes de que el pantalón las tapase. En la parte de arriba no llevaba nada, solamente el sujetador; esta vez sin bata, la cual reposaba a los pies de la cama.

Se la entregué, y bajé la vista hacia el suelo, en un gesto como de no querer mirar por respeto. Lola se dio cuenta.

– Jo, ya perdonarás… Es que no me doy cuenta de que no estoy sola en casa, y como no soy vergonzosa… –se excusó mientras se abrochaba la camisa blanca–. Yo soy así. Lo raro es que no me haya tirado ningún p**o –y culminó con una risotada, a la que acompañé.

Salimos y fuimos al salón, donde aún permanecían los restos del desayuno. Me dispuse a ayudarle a recogerlos, pero me lo impidió.

– Ni se te ocurra, eso es cosa mía –me advirtió.

– Hombre, no jodas Lola…

– Nada nada, yo lo recogeré. Pero si quieres “pagarme” la estancia, puedes hacer una cosa. ¿Tienes algo que hacer? –me preguntó.

– Pues no, echarme largo al sofá supongo.

– Es porque he de recoger un mueble que me ha restaurado una amiga. Iba a ir ahora a su casa a llevármelo. ¿Me acompañas?

– Claro, cómo podría negarme –contesté.

Era verdad. No podría decir que no, después de lo bien que me había tratado. Me acogió, me acostó, lavó mi ropa, me da café… Imposible negarse.

– Que no hace falta, sólo si quieres. Que me imagino que estarás hechico polvo.

– No no, tranquila, así me despejo –aseguré.

De manera que salimos juntos del edificio y nos metimos en su coche. Era viejo pero amplio. Condujo unos minutos por las calles, hasta llegar a casa de su amiga. No estaba lejos, pero para ir cargado con un mueble, mejor con el coche.

Tocó el timbre y nos abrieron en seguida. Ya la estaban esperando.

– Veo que te traes ayudante –observó su amiga, una vez llegamos a su piso.

– Es el chico de mis vecinos. Como es joven y fuerte, me aprovecharé de él y le haré cargar con todos muebles que nos dé tiempo –bromeó.

– Pues sí, que es buen mozo y bien majo –le acompañó la amiga.

Yo no dije nada, tan solo reí ante su broma cómplice.

Resultó que el mueble en cuestión no era para tanto, simplemente una mesilla no demasiado aparatosa. Lola me ayudó a cogerla, pero me di cuenta de que podía llevarla yo solo fácilmente.

– Quita quita Lola, que puedo yo solo –afirmé.

– ¿Seguro? –preguntó Lola.

– Que sí mujer, ¿no ves que no está arguellao? –dijo su amiga.

Bajé la mesilla de noche en el ascensor, y la metimos en su coche. Llegamos a nuestro bloque y la subí hasta su piso sin mayor problema.

– Déjala por ahí, en cualquier habitación. Ya pensaré dónde la pongo –me indicó, ya en su casa.

La coloqué en la habitación donde había pasado la noche. Salí y Lola me acompañó hasta el recibidor.

– Bueno, has sido muy amable por traerme la mesilla –manifestó.

– ¿Yo? Pero qué dices por Dios. Si hoy has hecho de todo por mí –contesté, sincero.

– Anda tira, no he hecho nada del otro mundo. Pero tú, resacoso y cansado, has ido a buscar la mesilla y no tenías por qué –perseveró con tozudez.

– Hombre, no podía negarme Lola.

– Bueno bueno, que te has portado muy bien –zanjó con una sonrisa.

Estábamos en el recibidor de la entrada, junto a la puerta abierta ya. Entonces me plantó un beso en la mejilla, muy de madre, como de agradecimiento por los servicios realizados.

– Ya te pasarás otro rato a tomar el café, que me lo he pasado muy bien –dijo–. ¡Pero si vienes a esas horas, por lo menos llama al timbre y no forigues con las llaves, que no me quiero llevar otro susto! –no me pareció que bromeara del todo, sino que creo que era medio en broma medio en serio.

– Pues claro Lola, el próximo sábado que salga vengo y llamaré a la puerta, que estoy mejor que en un hotel –le seguí el vacile.

– ¡Sin problema, yo encantada! –y nos despedimos riendo.

———-

La semana transcurrió de manera corriente. A trabajar, hacer la cena, dormir; lo habitual. Me crucé un par de veces con la Dolores, una en la escalera y otra en la calle, y nos saludamos y hablamos con total normalidad. A pesar de nuestra pequeña broma cuando nos despedimos, no se me pasaba por la cabeza volver a su casa.

Pero llegó el sábado, y salí, como suelo hacer. Después de varios gin tonics, hacia las cuatro de la mañana, decidí volver a casa. Iba piripi, pero no tanto como hacía una semana. Me encontraba ya en mi puerta, metiendo la llave para abrirla (esta vez la llave adecuada en la cerradura correcta), cuando se me ocurrió subir al piso de la Dolores.

Sabía que cuando me dijo lo de volver a esas horas, era en broma; pero había un deje de invitación real en sus palabras y su expresión. ¿Y si subía? No lo pensé más y di la vuelta, en dirección al piso de arriba. Después de todo, ¿qué podía ser lo peor que podía pasar? Que me mandara a escaparrar, luego yo le pediría perdón y tan amigos. Era muy amable y no se ofendería.

Llegué a su puerta y alcé la mano para llamar a la puerta. Dudé un segundo y casi me vuelvo para abajo, pero golpeé sin vacilar más. Fueron dos veces, toc toc, aunque me parecieron muy flojos. Repetí algo más alto, y me pareció escuchar un ruido en el interior. Como no estaba seguro, llamé al timbre. No quería que se enteraran los vecinos, pero no me quedaba otra.

Ahora sí que escuché con nitidez pasos en el interior, y en seguida se abrió la puerta. Me recibió Lola, descalza y con el mismo camisón corto que la vez anterior. No llevaba sujetador.

– ¡Hombre, qué sorpresa! ¡Buenas noches! –dijo intentando poner un tono de voz bajo.

– Hola… buenas noches. Creo… creo que me he equivocado otra vez –bromeé.

– Anda que no tienes jeta tú. Anda pasa. Si quieres –me invitó.

Accedí al interior, que estaba en penumbra. Sólo se veía un resplandor proveniente del pasillo. Ella caminaba delante, yo la seguía detrás. Cuando llegó a la altura del cuarto de baño, se metió en él, nuevamente sin cerrar la puerta.

– Voy a aprovechar para hacer un pis. Ya sabes dónde es, ¿no? No hace falta que te guíe –dijo.

– Sí, sí, lo recuerdo –respondí.

Me encaminé a “mi” habitación, y de nuevo escuché con nitidez cómo orinaba, y más en el silencio de la noche. Entré en el cuarto y encendí la luz. Instantes después, se asomó la Dolores, muy sensual con su camisón, a pesar de su cara somnolienta.

– Hoy no te ayudo a desnudarte. Que no vas tan mal como el otro día. Tampoco te lavo la ropa, que hoy no apesta –dijo sonriendo.

– No no, tranquila. Gracias de todas formas –le correspondí.

– No es nada, tontín. Me gusta que me hagas compañía. Descansa –y se despidió guiñando un ojo.

– Buenas noches Lola –le deseé.

Dejó la puerta abierta y se fue a su dormitorio, donde tampoco cerró porque no escuché el ruido. Me quité la ropa, dejándola en el suelo, y me acosté en calzoncillos. Verla con ese camisón tan corto me había excitado, de modo que tumbado en la cama, me quité los calzoncillos y empecé a tocarme el pene, que ganó tamaño en segundos. Me acaricié muy despacio, notando su dureza y rigidez. Lo hice muy silenciosamente, porque yo tampoco había cerrado después de que Lola se fuera. Las dos puertas estaban abiertas.

Fui subiendo el ritmo, siempre procurando no hacer ruido. Como ya dije, en mi juventud habían caído bastantes pajas pensando en Lola; pero hacerlo en su casa con ella dentro, en una habitación enfrente de la suya, y con las puertas abiertas, era un morbo inenarrable.

Salivé mi mano y me refroté el glande. Descargas de placer hacían que se me tensaran las piernas, y mis movimientos ya no eran tan silenciosos. El calor me embargaba, y me destapé. Aunque no veía, notaba cómo salía líquido preseminal y humedecía mi mano. Me acaricié los huevos con la otra mano, imaginando que era Lola quien me tocaba.

Era una paja en toda regla. Ladeé la cabeza, intentando ahogar mi agitada respiración con la almohada. El prepucio subía y bajaba, produciéndome una deliciosa agonía que no acababa. Aquello era mucho mejor que ver porno en pelotas frente al ordenador. Mi excitación llegaba ya al máximo… Entonces cerré los ojos, sintiendo cómo se acercaba el orgasmo. Pero una idea fugaz pasó por mi mente: ¿y si me la follaba? Me podía plantar en su dormitorio y, tal y como estaba, follármela. No era tan descabellado. Después de todo, ella me había abierto la puerta de su casa, y no tenía ninguna vergüenza en mostrarse en paños menores ante mí.

Un tosido. Seguido de un carraspeo. Se me cortó el hilo de mis lujuriosos pensamientos, y con ello el ritmo del onanismo. ¿Me había oído? ¿Era un aviso de que me cortara un poco? ¿O quizá una invitación? No estaba seguro. A punto estuve de levantarme e ir a su alcoba, pero no me atreví. La inseguridad me ganó la partida, y permanecí en la cama. Pero eso sí, acabé mi paja.

Teniendo más cuidado que en los momentos previos al tosido, me agarré el miembro y seguí estrujando sin piedad, friccionando la piel sumido de nuevo en el silencio.

Un escalofrío empezó en mi columna y rápidamente se dirigió al perineo: el orgasmo era inminente. Sin dejar de mover mi muñeca, llegó un violento clímax que me tuvo dando espasmos durante un buen rato. Mi polla expulsaba semen repetidamente sobre mi abdomen, dejando sábanas y cuerpo completamente pringados de placer. No pude evitar emitir un leve gemido al correrme.

– Hmmm… –suspiré, involuntariamente.

Agucé el oído, a ver si escuchaba algo. Me mantuve quieto unos instantes, temeroso de haber sido descubierto. No hubo sonidos, ni nuevas toses.

Me levanté, y desnudo como estaba, me encaminé al baño. Me dio un subidón de adrenalina, ante el peligro de que Lola se levantara y me pillara en cueros. Me metí en el wc, oriné y me aseé un poco, y regresé a mi habitación. Caminando descalzo por el pasillo, tenía el corazón desbocado. No quería que me descubriera, pero el peligro de que me sorprendiera era un morbo delicioso.

Ya en el cuarto, me puse de nuevo los calzoncillos y me metí en la cama. Ya había tenido bastante por esa noche. Quedé dormido en un santiamén.

———-

Por la mañana, sobre las diez, volví a despertar con una durísima erección matinal. Me levanté del lecho y abrí la persiana, inundando la habitación de luz. Miré al suelo, donde había dejado mi ropa la noche anterior, pero no estaba. Y así me encontraba, de pie, mirando como un lelo al suelo, con la “tienda de campaña” puesta como suele decirse, cuando Lola se asomó a la estancia.

– ¡Buenos días! He oído que abrías la persiana y… –me ladeé instintivamente, para ocultar la erección, pero me fue imposible y ella fijó la vista ahí– ¡Uy! ¡Pues sí que te levantas contento aquí! –exclamó con una carcajada.

– Sí… Es lo que nos pasa a los hombres por las mañanas –me justifiqué, rojo de vergüenza.

– Nada nada, no te tienes que disculpar –continuó riendo–. Venía a decirte que al final sí que me he llevado tu ropa para lavarla, que de todas formas iba a poner una lavadora.

– Vale… gracias.

– En cuanto te relajes, puedes salir que ya está el café preparado –me invitó, sonriendo y guiñando un ojo.

De los nervios, casi ni me fijé en la ropa que llevaba ella. Ya no iba con una bata abierta como la semana anterior, sino que portaba el sexy camisón con el que había dormido. No sé si me puso más nervioso que me pillara en plena empalmada, o la paja nocturna que quizá me oyera.

Esperé a solas en la habitación, a que se me bajara la erección. No tardó mucho, debido al susto. Salí y me reuní con ella en el comedor, donde ya habíamos desayunado la otra vez. Había café humeante y pastas en la mesa, y también zumo. Tomé asiento.

– ¿Qué tal? ¿Has descansado bien? –me preguntó con dulce voz, amable como siempre.

– Muy bien –dije, mientras me echaba zumo de naranja en un vaso.

– Me alegro. No pensaba que fueras a volver hoy… –comentó sin dejar de sonreír.

– Ya… Lo siento. No sé por qué lo hice… No quiero m*****arte –dije mirándola de reojo.

– ¡Oh, no no, de ninguna manera! Ya te dije que no me m*****a; me haces compañía –aseguró.

– Ya, pero no tenías por qué lavarme la ropa… Me sabe mal, Lola.

– No digas tonterías chico. No me importa. Si me importase, no lo haría –dijo.

Hablábamos con la misma ropa que he comentado antes; yo en calzoncillos y ella con el camisón de seda, sin sujetador. Era muy corto, y no se preocupaba de ocultar las bragas: estaba sentada normal, sin cruzar las piernas ni taparse de ninguna manera, de modo que podía vérselas sin problema. Eran color crema.

– A ver, cuéntame. Qué tal lo pasaste anoche. Parezco tu madre –observó riendo.

– Pues tienes razón –reconocí divertido–. Anoche no fue tan a full como la semana pasada. Pero sí echamos unas risas.

– Si es que sois unos cabezas locas…

– Pues no has visto a los del pueblo, madre mía –le advertí–. Esos sí que están majaras.

Soltó una carcajada. Me gustaba verla así de contenta.

– ¿Ves? Si ya te digo yo que tienes que venir más, que me lo paso de cojón con tus historias –en ese momento me colocó los pies sobre mi pierna, adoptando una cómoda posición-. No te importa, ¿verdad? Pues no creas, que yo en mi pueblo también he montado algunas buenas –continuó hablando, sin darme tiempo a responderle.

Aquello era un paso más. Si la semana pasada se tomaba la libertad de rozarme repetidas veces en la pierna con su pie, esta vez directamente los había apoyado. Y sin darme la oportunidad de negarme, porque me preguntó que si me importaba, pero siguió hablando sin que yo pudiera decirle que no.

– Pues cuéntame alguna –le pedí, e imitando sus confianzas, le puse una mano en los pies. No los acaricié ni nada; simplemente la dejé ahí.

Si ella tenía la suficiente familiaridad como para ponerme los pies encima, yo iba a tener la misma para tocárselos. Y no pareció importarle, ya que no reaccionó de ninguna manera visible.

– Una vez –comenzó a decir, con la mirada perdida, evocando un recuerdo–, con veintitantos, estábamos armando mucho escándalo. Era común que nos tiraran agua desde las ventanas. Pero ese día estaba mezclada con lejía, para jodernos la ropa.

– ¡Qué me dices! ¿Pero cómo son tan cabrones?

– Ya ves. En mi pueblo son así.

– Jodo, pues sí que son bruticos –observé, sin apartar mi mano de sus pies, e iniciando un leve pero continuo movimiento.

– Sí, pero no creas que no se llevaron lo suyo. Les tiramos por la puerta todas las macetas y geranios que había. Se quedó todo hecho una mierda –me explicó con una mirada llena de malicia y picardía.

Lola dio un sorbo a su café. Sus bragas estaban a la vista, aunque yo procuraba que no notara que la miraba de vez en cuando.

– Y pareces buenecica, pero anda que no tienes peligro –dije, sin dejar de acariciar los pies, así como quien no quiere la cosa.

– No lo sabes bien Tomasín –admitió animada.

Puse la otra mano en los pies. El tacto de su piel cincuentona, me producía un agradable escalofrío en la base de la columna. Mi polla notó el estímulo y percibí que se llenaba de sangre.

– Por cierto –continuó diciendo Lola–, hace un día buenísimo. Hoy no tengo encargos de portar muebles, pero pensaba dar un paseo por el centro y tomar un vermú. ¿Me acompañas? –me ofreció, con ojos tentadores.

– Claro, no tengo nada mejor que hacer –acepté.

– Pues vamos a ponernos en marcha, que si no, me voy a quedar pajarita con el masaje que me estás dando en los juanetes.

Vaya, después de todo sí se estaba dando cuenta de mis tocamientos. No era inmune, había reparado perfectamente en que movía mis manos en sus pies. No era un masaje, como ella había dicho; pero sí que frotaba cada vez con más vigor.

Nos levantamos (y menos mal, porque de lo contrario hubiera visto mi segunda erección en pocos minutos), y le ayudé a recoger la mesa. Esta vez no me impidió ayudarla. Salió de la cocina, mientras yo me quedé terminando de meter todo al lavavajillas. Entonces me llamó.

– ¡Tomasín!

Su voz provenía del pasillo, y una vez me acerqué, me di cuenta de que estaba en el baño: el chorro de pis chocaba en la loza del wc. Me puse junto a la puerta, sin asomarme al interior.

– ¡Tomasín! –repitió.

– Estoy aquí –le avisé desde fuera, ya que la pared me ocultaba.

– Oye, escúchame un momento, asómate –dijo.

¿Cómo? ¿Me pedía que me asomara mientras meaba? Era una invitación en toda regla. Yo soy educado, pero hasta un límite. Si ella quería verme mientras me hablaba, incluso a pesar de estar orinando, yo no iba a ser tan considerado y caballeroso como para no mirarla sentada en la taza del water.

Le hice caso, y me asomé al cuarto de baño. Estaba sentada, con el camisón subido hasta la cintura. Le veía toda la pierna, y el lateral del culo. Llevaba unas zapatillas viejas de estar por casa, y las bragas por los tobillos. El chorro seguía sonando.

– Anda ves a por el cesto, que está donde la lavadora. Me lo traes, que también está tu ropa allí.

Obediente, me di la vuelta y fui a por el canasto de ropa. Me lo podría haber dicho perfectamente sin pedirme que me asomara. Pero lo había hecho, ¿por qué? No me quedó claro si se me insinuaba muy descaradamente, o si tenía un extraño sentido de la confianza.

Lo recogí de encima de la lavadora, y volví al pasillo.

– ¡Estoy aquí! –exclamó desde su cuarto.

Se lo llevé, dejándolo sobre su cama. La situación era algo extraña: parecíamos madre e hijo, o incluso un matrimonio, con mucha confianza y ambos en paños menores, pero nuestra única relación era de vecinos desde hace mucho tiempo.

Tomé mi ropa y me dirigí a mi cuarto. Pero al salir, dejé su puerta entreabierta y me di la vuelta, sin que se diera cuenta. Observé en silencio cómo se desnudaba: se sacó por arriba el camisón, quedándose en bragas. Se las bajó, y pude verla completamente desnuda. La melena le caía sobre los hombros, en una imagen digna del mejor velázquez. Estaba de espaldas, pero era una maravilla de cuerpo, con unas nalgas anchas y a la vez respingonas, blanquecinas y muy hermosas.

Toda la magia y el erotismo del momento se rompieron cuando se puso a rascarse el culo. Yo había quedado como hipnotizado ante tal muestra de belleza, pero una vez más, su sencillez y naturalidad, que tanto me gustaban, me habían sacado del hechizo. Un simple picor en el glúteo derecho, hizo que se rascara con una mano mientras con la otra rebuscaba entre el montón de ropa.

Escogió unas bragas deportivas de color blanco, que se puso con rapidez, y un sujetador a juego. Cuando terminaba de colocarse sus voluminosos pechos dentro del sostén, debió de oírme o percibir algo, porque movió la cabeza como para escuchar mejor, y justo después se giró y me vio.

– ¿Aún estás ahí? ¡Mirón! –me reprochó, echándose a reír.

– Yo… ¡No no! –atiné a decir, entrando ya en el otro cuarto.

Pero no me dijo nada más. Terminó de vestirse y fue a arreglarse y peinarse al baño. Acabó pronto y se acercó a mi habitación, justo cuando ya me terminaba de vestir yo también.

– ¿Ya estás? ¿Nos vamos?

– Sí, sí, podemos irnos –contesté.

Salimos del piso y bajamos a la calle. Hacía un día tremendo, primaveral a más no poder. Me cogió del bracete como una madre a un hijo y paseamos tranquilamente. Fuimos caminando por Independencia, la Plaza España, y luego la Calle Alfonso. Llegamos hasta la Plaza el Pilar.

– ¿Tú qué crees que pensará la gente, que somos madre e hijo o que somos pareja? –me preguntó risueña.

– No sé. ¿A ti qué te gustaría más? –cuestioné a mi vez.

– No lo sé. Pareja. ¡No! Madre e hijo. Bueno no, pareja mejor. ¡No lo sé jajaja! –su alegría era contagiosa, parecía una colegiala.

– A mí me gustaría que pensaran que pareja. Así todos me tendrán envidia.

– ¿Sí? Chico eres un auténtico adulador –dijo mientras seguíamos del bracete–. Vamos ahí. Te convido a un vermú.

Fuimos a una terraza y pedimos dos cañas. Se estaba muy bien, al sol de primavera.

– Pues no lo decía de broma, lo de la envidia –insistí, tras traernos el camarero las consumiciones.

– ¡Anda calla, zalamero! –me exhortó–. Además, eres un poco guarrillo ¿eh? Te pillado mirándome, alcahuete –pero no había rastro de recriminación en su voz; más bien diversión.

– Sí, bueno… Es que, yo no… –balbuceé. No tenía excusa, había sido una pillada en toda regla.

– Ya, ya… –dijo en tono vacilón–. Y anoche escuché unos ruidos sospechosos, ¿no te podías dormir o qué?

Aquello me dejó en fuera de juego. No me lo esperaba, porque ya había dado por sentado que no se había enterado. Pero al parecer sí, y encima se cachondeaba.

– Yo… qué va… –dije rojo como un tomate.

– “Yo yo yo” –repitió haciéndome la burla–. ¡Que no pasa nada, tontín, que te estoy tomando el pelo! No pasa nada por una pajilla.

– No tengo defensa posible –y me eché a reír, cómplice de su broma.

– Anda, acábate eso y vamos a otro garito.

Terminamos las cervezas y fuimos a otro bar cercano. Me volvió a coger del bracete; parece que íbamos a ir así toda la mañana.

– Y si pensaran que somos pareja, ¿te sentaría mal? –le pregunté con interés.

– ¿Mal? ¿Por qué me iba a sentar mal? Qué va –contestó muy segura.

– Y si… ¿Y si vamos de la mano? –le propuse con algo de timidez. Si ella me vacilaba, yo también quería jugar.

– ¡¿Pero para qué?! –exclamó, y rompió a reír–. ¿Para qué quieres que vayamos de la mano? ¿En serio me lo estás diciendo?

– Claro.

– Venga va –y ella misma me soltó el brazo, y me cogió la mano.

Seguimos andando así, de la mano como dos enamorados. No percibí mucha diferencia con la gente de la calle, no nos miraban extrañados.

– ¿Ves? No pasa nada, no nos miran raro –manifestó Lola.

– Ya… tienes razón –dije, e hice ademán de soltar la mano.

– No, no, ahora te aguantas –dijo ella al notar que me soltaba–. Además, es muy agradable cogerte de la mano; hace mucho que no iba con un hombre de la mano –y me miró sonriendo.

Llegamos a otro bar, y nos sentamos. A ella le iba el juego también, y tardó en soltarme, haciendo alguna carantoña en la mano.

– Oye, es divertido esto –opiné.

– ¿El qué es divertido? –preguntó Lola.

– Fingir que somos pareja. ¿Seguimos fingiendo? –propuse.

– Ya lo estamos haciendo tontín –rió ella.

Como el camarero no venía, me levanté y fui a pedir a la barra. Me dio los dos tubos, y regresé al velador. De camino se me ocurrió una maldad: si Lola decía que todavía estábamos fingiendo, yo me iba a arrancar con un atrevimiento.

Llegué a la mesa, puse los dos vasos encima, y al ir a sentarme, me acerqué a ella y le di un beso en los labios. Fue un pico corto, pero fue en la boca. La cogió de improviso, no se lo esperaba.

– ¡Uy! ¡Qué haces! ¡Descarado! –soltó, con una expresión a medias entre la sorpresa y la diversión.

– ¿No has dicho que todavía estábamos fingiendo? Pues eso –me defendí.

– ¡Anda que no tienes jeta, ya me quieres llevar al huerto! Entre esto, lo mirón que eres y la pajilla de anoche, al final te voy a encorrer con la alpargata –dijo riendo. Al menos no le había sentado mal.

– ¡Eh eh! ¿Y tú qué? ¡Si tú meas con la puerta abierta! –repliqué.

– ¡Ahhh, pero estoy en mi casa! –contestó.

La conversación era distendida, y toda la discusión fue en broma. Luego hablamos de otras cosas; incluso de fútbol, y sorprendió que fuera algo entendida en ese deporte.

A la hora de comer volvimos a casa, después del agradable vermú y un grato paseo.

– Te invitaría a comer, pero es que no tengo de nada –dijo Lola.

– No te preocupes, con las cervezas y el picoteo, no creo que c*** nada.

– Bueno, pues otro día te subes a tomar café, ¿vale? Pero no te esperes hasta el sábado de mad**gada, porfa, ven antes –me invitó guiñando un ojo.

– De acuerdo, esta semana paso un día. O también puede pasar tú –respondí.

– ¡Vale! Pues esta semana nos vemos –y se despidió dándome un fuerte beso, esta vez en la mejilla.

———-

El viernes siguiente, tras haber cenado, me tumbé en el sofá. Entonces me vino un relámpago a la cabeza: subir a casa de Lola. Era tarde, más de las doce, pero pensé que no importaba porque el día siguiente era sábado. Ni corto ni perezoso, y sin más preámbulo, subí arriba en pijama. Sólo era un piso y nadie más me iba a ver a esas horas.

Toqué la puerta, y no tardó en salir a mi encuentro. Llevaba el camisón corto de la otra vez.

– Anda, pasa –me invitó, con una leve sonrisa y los ojos entrecerrados.

Entré, y observé un ligero resplandor luminoso: todo lo demás estaba a oscuras, y provenía de su dormitorio.

– ¿Ya estabas dormida…? –pregunté con vacilación.

– Medio dormida, pero no te preocupes… cogeré el sueño en seguida. Ya tienes la cama hecha –dijo, señalando hacia mi cuarto.

– Vale, que descanses –le deseé.

– Igualmente, guapo –contestó.

Me acosté. Entonces se me ocurrió una cosa: como las veces anteriores me había lavado la ropa sin pedírselo, quería comprobar cómo reaccionaba si le dejaba mis calzoncillos. De modo que me desnudé, y los coloqué encima del montón de mi ropa en el suelo. Si venía a recogerla, los vería sin duda, y sabría que estaba desnudo.

———-

Desperté sobre las diez. Abrí la ventana y advertí que no estaba las prendas. ¿Y ahora qué hacía yo? Me encontraba desnudo, y no obstante tenía que salir a su encuentro. Bueno, al fin y al cabo había sido mi decisión iniciar el juego y ahora tenía que apechugar.

Salí al pasillo, y en seguida noté el aroma a café. Llegué a la puerta que daba al comedor, y asomé sólo la cabeza sin mostrar el cuerpo.

– Hola, buenos días –saludé.

– ¡Buenas! ¿Qué tal? –contestó Lola, mirándome con su cara alegre de siempre.

– Bien… aquí –respondí, sin salir al comedor.

– ¿Pero qué haces ahí? Vente aquí y siéntate –me invitó. Sin duda sabía que estaba en pelotas, y quería jugar.

– Es que… estoy desnudo.

– Ah –se hizo la sorprendida–. Como me habías dejado ahí los calzoncillos, pensé que tenías otros o algo, no sé…

Me quedé sin saber qué decir. Ella tenía razón, había sido cosa mía y ahora tenía que asumir las consecuencias.

– Anda ven, no te andes con remilgos ahora –me indicó con una sonrisa.

De modo que me tapé mis partes, y sin más fui hasta la mesa. Me senté, y una vez la mesa y el hule ocultaban mis vergüenzas, pude liberar las manos y cogí mi taza de café.

Lola portaba el camisón como la semana anterior. La verdad es que tenía razón en cuanto a lo de andarse con remilgos. Llevaba ya unas semanas almorzando en calzoncillos con ella, que sólo tenía puesto o bien un corto camisón que poco ocultaba sus pechos (y nada sus bragas, ya que abría las piernas como si tal cosa), o bien directamente estaba en ropa interior con una bata encima.

– Ahora te traeré una toalla, para que te tapes, y te duches si quieres –me indicó amablemente; su maldad tampoco había sido muy grande después de todo–. Yo también me pegaré una ducha.

– Gracias –respondí, tomando un sorbo de café con leche.

– Y anoche… perdona si estuve un poco seca –dijo–. ¡Es que tenía sueño!

– Ah no, tranquila, es normal, ya te lo noté –respondí riendo.

– Bueno, te traigo la toalla, que vas a pasar un mal trago desnudo aquí –concluyó divertida.

Se levantó y me trajo una toalla. Me la puse alrededor de la cintura sin levantarme del todo, y sin que me viera nada. Era morboso insinuar sin llegar a enseñar nada, y estar desnudo pero oculto por la mesa primero, y por la toalla después.

Cuando terminamos, me levanté con intención de ayudarle a recoger las cosas, pero me lo impidió.

– No, ves a ducharte, y mientras yo recojo esto –me ordenó.

Fui al cuarto de baño, y por supuesto dejé la puerta abierta de par en par. Colgué la toalla y me metí en la ducha. Era muy excitante haber llegado a ese punto: empezó porque me había equivocado de puerta borracho; y ahora estaba desnudo duchándome en su bañera. La mampara era de cristal transparente, por lo que no ocultaba nada. Si hubiera estado en el baño, o si tan solo hubiera pasado por el pasillo mirando al interior, me hubiera visto sin problema.

Me enjaboné y disfruté del agua caliente sobre mi cuerpo. Empecé a aclararme cuando ya pensaba que Lola ni siquiera pasaría por el pasillo. Pero estaba en un error: la vi cruzar rápidamente hacia las habitaciones, con el gran cesto de ropa. Sólo fue de espaldas, por lo que ella no me pudo ver. Pero sí sabía que me estaba duchando con la puerta abierta.

Alargué más de lo necesario la ducha, esperando que volviera a pasar. En efecto, le vi cruzar otra vez por el pasillo, pero esta vez lentamente, mirándome sonriendo y sin disimulo hasta que desapareció. Pero de repente volvió a aparecer bajo el marco de la puerta.

– ¿Te falta mucho? –preguntó como si nada.

– Ya está, ya he acabado –respondí con la misma naturalidad.

– Te he dejado la ropa en la cama –se quedó allí en el umbral, forzando la situación, y alargando sin necesidad la conversación.

– Vale –dije, cerrando el grifo.

Ya no tenía sentido andar tapándose, así que abrí la mampara y salí tranquilamente desnudo de la bañera.

Lola entró en el baño, cogió la toalla colgada y me la acercó. Era una situación que puede parecer normal en una pareja, pero con una vecina cincuentona, que siempre te ha visto casi como a un hijo, era todo menos normal. Y desde luego, muy excitante desde mi perspectiva: estaba en pelotas delante de una madura sexy, ataviada únicamente con un corto camisón de seda.

Me sequé el pelo despacio, restregando, con ella plantada delante. Seguí frotando la toalla por mi cuerpo con normalidad, como si no fuera la primera vez que me secaba ante ella. En ningún momento Lola desvió la mirada, o apartó los ojos con rubor. Al contrario, me observó de arriba a abajo con descaro, hasta que me envolví en la toalla y mis partes dejaron de estar a su vista. Salí en dirección a mi cuarto, y ella se quedó en el baño. Oí que abría el grifo y sonaba de nuevo el agua al caer.

Entré en mi habitación y terminé de secarme. Casi había empezado a vestirme cuando se me ocurrió una idea. Me había gustado mucho que me viera desnudo, y a ella sin duda también verme; se me comía con la mirada. ¿Por qué no repetir, y verla yo a ella desnuda también? Además, Lola no tenía mucho pudor y se exhibía ante mí en paños menores. Entraría al baño con cualquier pretexto, y la vería en cueros.

Me dirigí al cuarto de baño. Se oía la ducha. La puerta sobra decir que estaba abierta. Entré y la vi de espaldas bajo el agua; pude contemplar otra vez ese culo ancho pero respingón, y de un bonito color pálido. Se estaba enjabonando la melena y el cuerpo, extendiendo gel por la parte de delante. Vi cómo se aseaba el sexo, ya que su mano asomaba repetidas veces entre sus piernas.

No me había visto, ya que estaba de espaldas, y al parecer tampoco me había oído. Me acerqué a la ducha, desnudo y con la toalla en la mano. Intenté hacer ruido con las pisadas, pero creo que tampoco se enteró.

– ¡Lola! –exclamé por fin.

Se dio la vuelta dentro de la ducha. Por primera vez le vi el cuerpo completo. Sus pechos no mentían, eran generosos y de gran pezón oscuro; y bajo su ombligo, reinaba una mata de pelo negro, ahora chorreante de agua.

– ¿Qué pasa? –dijo, mientras se aclaraba el pelo como si nada.

– ¿Te dejo esto aquí, o lo llevo al cesto? –pregunté moviendo la toalla; al final esa fue la burda excusa que se me ocurrió.

– Llévalo al cesto –me indicó–, yo en seguida salgo.

Salí en dirección al cuarto de la lavadora y dejé la toalla usada. Cuando regresé, Lola ya había salido de la cabina; pero todavía no se había secado: se peinaba y desenredaba el cabello mojado frente al espejo, sin nada puesto. Me quedé observándola en el quicio de la puerta, como embobado. Era una imagen hermosa. Entonces me miró y se dio cuenta de que estaba hipnotizado.

– ¿Aún estás ahí mirón? ¡Anda tira a tu cuarto y ponte algo encima! ¡Marrano! –me riñó; pero en su tono no había rastro de reprimenda, sino más bien diversión.

Le hice caso y fui a vestirme. Cuando yo ya terminaba, ella pasó hacia su habitación. Llevaba puesto el albornoz, pero estaba abierto y de nuevo vi sus tetas y su pubis de oscuro vello rizado. Me dirigió una sonrisa y entró a su dormitorio. A escondidas, me asomé y la vi vestirse. La verdad es que ella no ocultaba nada, porque dejaba la puerta abierta. Cuando casi acababa me alejé sin hacer ruido hacia el recibidor de la casa y la esperé.

Se había puesto un conjunto sencillo y fresco, que la hacía más guapa aún. Salimos a tomar algo como la otra vez. Si bien no nos cogimos de la mano o nos besamos, sí había mucha tensión sexual entre ambos. Estaba seguro de que la gente pensaba que éramos pareja cuando nos veían.

Al regresar, cuando ya abría mi piso, me invitó a ver una peli algún día.

– Podríamos… podríamos ver una película alguna vez, si quieres –me propuso.

– Pues claro; además ya hace días que no veo alguna que esté bien –contesté.

– Te espero –dijo con voz melosa, sonriente–. Pero esta vez no vengas de mad**gada.

———–

El viernes siguiente, antes de cenar, encargué dos pizzas sin decirle nada a Lola. Quería tener iniciativa y darle una sorpresa. En cuanto vino el chico, le pagué y subí arriba con la cena, vino y cocacola, y un pen con varias pelis.

Toqué un par de veces la puerta, y vino a abrirme en chándal y zapatillas de estar por casa.

– ¡Hombre, Tomasín! –exclamó–. Ya no te esperaba. ¡Pero haberme avisado, que estoy de cualquier manera! –se la notaba contenta.

– Bah, ya ves tú; estos días te he visto con cosas peores que este chándal –me burlé–. Además, te queda bien.

– Hombre ya, pero…

– Con camisón, pijama, albornoz… –la interrumpí guiñando un ojo–. Además estás en tu casa, tienes que ponerte cómoda.

– ¿Qué llevas ahí? ¿De qué son? –preguntó, abriendo las cajas de pizza–. Joder qué bien huelen.

– He cogido dos, cada una de dos mitades diferentes por si no te gustaba.

– Mmmmhhh, me gustan todas –dijo con aprobación, tras comprobar de qué eran y olerlas cerrando los ojos–. Vamos, que se enfrían.

Nos sentamos a la mesa, y empezamos a cenar. Me serví vino, y Lola, tras beber un poco de coca cola, también se echó un Cariñena en su copa.

– Hace días que no tomo un buen vino. Y este está de vicio –observó Lola.

Conversamos agradablemente sobre varias cosas durante la cena. Al final hablamos de cine, ya que íbamos a ver una peli.

– ¿Cuáles has traído? –preguntó.

– Una de uno que infiltra con los neonazis, Imperium creo que se llama. Y luego alguna española, la de No culpes al karma. Ah y una que me gusta mucho, pero es muy vieja.

– ¿Y cuál es? –inquirió con interés.

– Te lo sigo si vemos una primero, y luego vemos esa.

– Venga vale. Acepto. Pero te tienes que quedar a dormir. Que será muy tarde y me da miedo que bajes solo hasta tu casa –bromeó.

– Jajaja perfecto, para mí no es sacrificio, aquí estoy mejor que en mi piso –aseguré.

De modo que puse la película española que le había dicho, y nos gustó; reímos y comentamos las situaciones.

– ¿Pones la otra? –dijo al terminar la primera película.

– Sí, espera que la busque…

– ¿Cuál es, cómo se llama? –preguntó con impaciencia.

– La princesa prometida –contesté.

– Algo me suena…

Di al play y comenzamos a ver la segunda peli. Se me acercó poco a poco, arrimándose a mi cuerpo. Aquello me gustó, y me sentí como cuando veía la tele con alguna novia de mi edad, anteriormente. Sólo que Lola tenía cincuenta años.

Conforme avanzaba el filme, fue juntándose cada vez más, y llegó a cruzar sus piernas sobre las mías. Me sentía muy a gusto, pero estaba nervioso. Tenía que lanzarme y hacer algo, porque Lola me excitaba y me gustaba, y habíamos logrado un alto nivel de confianza. Aún así, me sentía inseguro, porque no sabía si ella me seguía viendo como a un niño, como a su vecino de toda la vida hijo de su amiga.

Justo me cogió la mano cuando uno de los personajes pronunciaba su famosa frase: “Hola. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”. Ya no la soltó en lo que quedaba de película, y apretó cuando los protagonistas se besaron al final.

Cuando acabó la peli, apagamos la tele y nos dirigimos al pasillo, bastante somnolientos. Yo, como de costumbre, me dirigí a mi dormitorio. Pero cuando casi cruzaba el umbral, me agarró de la camiseta.

– ¿Dónde vas? –preguntó.

– A dormir, a mi cuarto.

– Anda ven, tonto. Duerme conmigo.

Me cogió de la mano, y la seguí, entrando en su alcoba. Se quitó el chándal, quedando en ropa interior. Entonces se desabrochó el sujetador, liberando sus pechos. Eran dos senos redondos y hermosos, con la evidente caída de la edad, pero completamente apetecibles. Intenté disimular, pero me la quedé mirando inevitablemente.

– ¿Qué miras? No vamos a hacer nada, eh –dijo burlona, mientras se ponía una camiseta vieja para dormir.

– ¿Yo? Nada –respondí, y me quité los pantalones y la camiseta, fingiendo normalidad–. Pero te aviso que duermo en calzoncillos.

– Toma y qué. Yo duermo en bragas –replicó.

Y así nos metimos en la cama. Yo en calzoncillos, y ella en bragas y camiseta.

– Buenas noches –dije.

– Buenas noches Tomasín, eres un encanto –respondió, y me dio un beso en la espalda.

Pasaron unos segundos de silencio, en los que los dos permanecimos quietos.

– Oye Tomasín, tengo frío en los pies. ¿Te da igual si los pongo en tus piernas para que se calienten? –me pidió, rompiendo el silencio.

– Pues claro que no, Lola, ponlos.

Los enroscó entre mis gemelos, pero la verdad es que no estaban muy fríos. Puede que fuera una excusa para tocarme. Mi miembro empezó a crecer, al sentir su contacto.

– ¿Mejor? –pregunté.

– Uy sí, mucho mejor –contestó, y entonces arrimó todo su cuerpo contra el mío, envolviéndome–. Y así mejor todavía. ¿No te importa, verdad?

– Qué va, cómo va a importarme –dije, con la polla en una erección ya casi plena.

Entonces puse mi mano en su pierna, y se la acaricié por el muslo. Lo repetí varias veces, arriba y abajo, arriba y abajo. Desde las bragas, que tocaba sin ningún reparo, hasta la rodilla.

– ¿Y a ti, te importa? –pregunté, mientras la acariciaba.

– No, me encanta… –dijo Lola, y entonces puso su mano sobre mi pene erecto, sobre el calzoncillo–. Y a ti parece que también.

Me di la vuelta y nos abrazamos. Sin decir nada más, nos fuimos acercando, hasta darnos un larguísimo beso, que representaba y a la vez descargaba la tensión sexual acumulada en las últimas semanas. Primero solamente se juntaron nuestros labios; luego ella abrió la boca y buscó mi lengua, que le ofrecí con gusto. Su saliva era cálida, y su aliento me anestesiaba mágicamente.

Le quité la camiseta, a ciegas, puesto que la luz estaba apagada. Me lancé ávido a sus tetas, que lamí incansable, saciándome del deseo acumulado. Ella gemía suavemente, mientras yo pasaba la lengua por sus pezones, que se habían puesto durísimos. Mi mano cubría toda la teta; nunca había estado con una mujer que me sacara tantos años, y nunca pensé que me iba a gustar tanto. Que me iba a gustar más que con cualquier joven.

Me agarró la polla, que ya reventaba el elástico del calzoncillo. La cogió por fuera y apretó, y en seguida bajó la prenda y me dejó desnudo. Empezó a meneármela despacio, acariciándola, sintiéndola.

– Te deseo… –jadeó.

Respondí besándola en los labios, y probando de nuevo su húmeda boca. Mis manos la acariciaron por los costados, palpando sus anchas caderas. Le agarré el culo, redondo, gordito y respingón, que era la envidia de cualquier veinteañera. Ella me imitó, y apretó mis nalgas con una mano mientras con la otra me pajeaba hábilmente.

La sensación era extraordinaria, sentirme tan deseado por una mujer de cincuenta años. Notar sus manos en mi pene y en mi trasero, y apreciar la perfección de su culo. Se lo había mirado innumerables veces en la escalera, y que me aspen si no había soñado con estrujárselo como estaba haciendo ahora. Pero era real. Estaba disfrutando de ella, y ella de mí.

Dirigí las manos hacia dentro, rozando la parte interna de los muslos. Ella abrió un poco las piernas, dejándose hacer. Pasé suavemente los dedos, en dirección a su sexo, muy despacio. Cuando estaba a punto de llegar, desanduve el camino y volví hasta mitad de muslo.

– Hmmmm –gimoteó, en una mezcla de tortura y placer.

Volví a acariciarla hacia arriba, lentamente. Su piel era suave y muy agradable. Posé mis yemas en sus bragas. Estaban empapadas.

– ¿Me deseas? –pregunté.

– Mucho… -contestó entre jadeos, con su boca pegada a la mía.

Pasé los dedos a lo largo de toda su raja, por encima de las bragas, que no podían estar más mojadas. Abrió más las piernas: estaba deseando que la tocara, pero mi intención era alargar un poco más su sufrimiento. Volví a rozar por encima de la tela, palpando sus labios. Metí los dedos mínimamente bajo el tejido, y los volví a sacar. Un estremecimiento sacudió a Lola.

– Cabrón… –susurró.

Su voz era puro deseo, que se transmitió a su mano, apretando con más fuerza mi polla. Le acaricié las ingles, metiendo y sacando alternativamente los dedos por encima y debajo de las bragas. Noté su vello púbico, que escapaba rebelde a los límites del elástico.

Metí entonces por completo mi mano dentro de su ropa interior, y la dirigí a su peludo coño, que rezumaba flujo. Recorrí todo su sexo, y un nuevo estremecimiento se apoderó de Lola. Encontré su clítoris y lo froté, y Dolores se sacudió por completo.

– Cabrón… vas a hacer que me corra antes de tiempo –susurró.

La besé mientras seguía jugueteando con su botón. Ella había dejado de pajearme, y se concentraba únicamente en sentir.

– No pares… por favor –imploró.

Casi sin querer, mis dedos se deslizaron en su interior. No había notado a una mujer tan húmeda en toda mi vida.

– Ahhh, mmmh –suspiró, al notarme dentro de ella.

Introduje un segundo dedo en su coño, y aumenté el ritmo. Estaba tan lubricada que los dedos resbalaban al entrar y salir. Entonces, con el pulgar, empecé a trazar círculos en su clítoris. Le pillé el ritmo en seguida: ella me guió al principio con su mano, y luego me dejó que siguiera.

– Sigue así… un poquito más rápido –me pidió.

Obedecí, viendo venir su orgasmo. Se pegó más a mí, dificultando mis maniobras, pero aún así seguí con el mismo ritmo. Me cogió la mano libre y apretó con fuerza, al mismo tiempo que me besaba.

– ¡Joder…! –gritó, justo en el momento en el que el orgasmo se la llevaba por delante.

Su cuerpo se tensionó contra el mío, y pude sentir cómo se cerraba su coño en torno a mis dedos. Atrapó mi labio inferior con su boca, durante los largos segundos que duró su placer. Me apretó tanto que me hizo un poco de daño, pero al mismo tiempo me excitó.

Tras un rato que pareció interminable, liberó por fin mi boca y mi mano, y separó de mi cuerpo, quedando boca arriba. Con cuidado, apartó mi mano de su sexo.

– Ufffff –suspiró, exhausta.

Mi mano estaba mojada y pegajosa. Me la acerqué a la nariz y la olí. El aroma era delicioso, a sexo femenino recién horneado.

– ¿Qué tal? –me interesé.

– Uffff Tomasito, no puedo hablar… –dijo–. Déjame que me recupere.

Me quedé tumbado, satisfecho del trabajo bien hecho. Mi excitación era increíble, pero me gustaba esperar pegado a su piel. Tras varios minutos en los que se mantuvo absolutamente quieta, mientras yo notaba su cálido aliento en mi nuca, se movió hacia su lado de la cama.

Escuché unos ruidos, mientras Lola tanteaba a oscuras. De repente, se hizo la luz.

– No te importa que encienda, ¿verdad? Quiero ver lo guapo que eres –me dijo.

– Claro que no –contesté sonriendo, y la besé.

Su figura desnuda era espectacular, y su rostro, ardiente tras el orgasmo experimentado, de una belleza artística.

Acostada, y apoyada la cabeza en la mano, me recordaba a una pintura clásica. Sus ojos oscuros me miraban penetrantes, pero a la vez me sentía arropado en ellos. Nunca había sentido algo así con nadie. Volví a hundir mi boca en sus carnosos labios, que me acogían con la viveza de una adolescente. Repasé todo su cuerpo con las manos, mientras nos besábamos: le acaricié toda su generosa melena; las facciones de la cara; el cuello; los voluptuosos senos con sus erguidos pezones; la preciosa curva que le hacía la cintura al juntarse con la cadera; el culo (uf, qué culo respingón); de nuevo el sexo, sintiendo todo el ardor que desprendía; las piernas que tantas veces observé en las escaleras; los finos pies.

Toda ella era sinónimo de erotismo, y más ahora, con el rostro encendido por el deseo. Yo estaba completamente erecto, pero me encantaba este jugueteo, esta manera de disfrutar de ella. Quería estar así todo el tiempo posible.

Empecé a besarla por todo el cuerpo. El camino que había hecho con las manos, lo quería hacer con la lengua. Le mordisqueé el cuello, y a continuación le chupé la oreja. Entonces se sacudió y rió.

– Ufff Tomás, cómo me pones…

Le metí la lengua por todas las hendiduras de la oreja, impasible a sus continuos estremecimientos y carcajadas.

– Eras un crío, Tomasín… ¿dónde has aprendido a hacer esto? –jadeó.

No contesté, sino que me limité a bajar por su cuello, dándole pequeños besos, mordisqueando y pellizcando. Pasé a sus tetas, grandes y simétricas; succioné ambos pezones, que estaban muy duros. Lola cerró los ojos y gimió.

– Tomasín, me vuelves loca…

Le lamí las tetas, se las chupé como un loco, se las estrujé. Pasé la lengua a través de ellas, por el canalillo. Le puse la mano de nuevo en el coño, y otra vez estaba empapado de flujo. Madre mía, esta mujer no necesitaba ningún producto para la lubricación vaginal.

– La primera vez que pensé en follarte, debías de tener quince años. ¿Ahora qué tienes, treinta?

– Sí, treinta… –contesté mientras la besaba.

Me agarró la dura polla, y la meneó. Me recorrió un escalofrío de auténtico placer, al sentir el tacto de su mano en la fina piel de mi miembro.

– Cuánto tiempo hemos perdido… –se lamentó.

– Es verdad –observé–. Si yo te ponía, ¿por qué no me dijiste nada?

– Eras un crío, y conozco a tus padres. Y he dado tumbos con varios gilipollas durante años –dijo mientras me besaba el cuello, y bajaba hasta mi pectoral–. Pero ahora estoy aquí contigo, y me encanta.

Aumentó el ritmo de su mano, al sentir la mía introducirse en su vagina. Le di tiernos besos en los pechos, y en la tripa. Estábamos gozando de verdad; no era un polvete de sábado por la noche.

– Dios… fóllame YA, Tomás –pidió.

Se colocó y abrió las piernas, mostrándome el camino que debía seguir. Tomé posición sobre ella, cogí aire como preparándome… y la penetré. Durante unos segundos me mantuve en esa posición, quieto, sintiéndola. Tuve la sensación de ser virgen, y de que era la primera vez que entraba en una mujer. En cierto modo era verdad: era la primera mujer que follaba, lo demás habían sido niñatas.

Lola emitió un gemido de placer en el momento en el que notó mi polla adentrarse en su coño. Me abrazó con fuerza, y me besó. Entonces, tras esos instantes quieto, comenzamos el baile. Primero me moví muy despacio, apreciando todo el calor y el roce de su sexo envolviendo mi pene. Era maravilloso estar completamente desnudo con esa impresionante hembra, totalmente desnuda también. Ni siquiera un condón nos separaba; nos habíamos fusionado y éramos uno.

Poco a poco fui acelerando el ritmo. Lola me arañaba con las uñas en la espalda, lo cual me encantaba; me mordía la oreja, y no paraba de gemir. Mi polla entraba y salía con absoluta facilidad, resbalaba agradablemente en su coño gracias a su gran lubricación. Me agarró y me atrajo hacia sí, estrujando sus tetas contra mi pecho.

Los minutos volaban, mientras seguíamos follando y sobándonos mutuamente. Yo estaba en la gloria. Lola, también. Nunca había disfrutado tanto del cuerpo de alguien. Me estaba tirando a mi vecina de toda la vida, un mito sexual de mi adolescencia… y ahora era mía. Ufff, ese pensamiento me excitaba aún más si cabe.

Ver su cara era delicioso: cuando sus ojos me miraban, era como si no necesitáramos hablar para comunicarnos; cuando los cerraba, su expresión de gozo era sublime. Y verla morderse el labio… casi me corro antes de tiempo cuando la vi morderse el labio.

Hubiera estado así toda la noche. No me cansaba de follar. Pero quería disfrutar al máximo, así que la hice cambiar de posición.

– ¿Cómo… uf… cómo quieres? –acertó a decir, al ver que la movía de postura.

– Ponme los pies en la cara, te la voy a meter profundo –le impuse.

Muy obediente, Lola subió las piernas, colocándolas sobre mis hombros. Arremetí fuerte, y la polla entró hasta lo más profundo de su vagina.

Soltó un pequeño chillido, mitad dolor mitad placer.

– ¿Te… duele? –pregunté entre bufidos.

– No… no… sigue, me encanta –respondió intentando sonreír.

Yo estaba bañado en sudor, por el calor y por el notable esfuerzo físico. Me notaba pegajoso, y a ella también; nuestros fluidos se mezclaban y los vellos se confundían y entrelazaban en las partes bajas. Sus piernas y pies resbalaban por mis hombros y cara; olía fuerte, a sexo, un aroma que me extasiaba y embrutecía.

– Así, así, Tomás… hasta dentro –me pedía con voz rasgada.

Le di con energía, dominando. Me gustaba tenerla así, debajo de mí. Follando a la madura de mis sueños eróticos. La suave piel de las piernas que tantas veces miré en la escalera, ahora la estaba besando y lamiendo.

– Tomasín… si sigues así… me corro –murmuró.

Era la señal que esperaba. Me gusta que las mujeres se corran antes que yo; es una muestra de que lo he hecho bien. Así que me concentré en complacerla, y arremetí hasta el fondo de ella con vigor.

La noté tensarse, la tenía a punto… Le di tres o cuatro fuertes embestidas, y chilló como una perra. Antes se había corrido bien, pero ahora parecía que no lo había hecho en años. Se aferró a mi cuerpo, como si no quisiera que me alejara nunca. Entonces yo por fin me aflojé, y liberé toda la tensión en un orgasmo de una intensidad increíble. Fue un clímax tan violento que casi sentí dolor en el miembro.

Me quedé así, dentro de ella, y exhausto sobre su cuerpo. Ella me acariciaba la espalda y el pelo, sin decir nada. También me daba suaves y pequeños besos en la mejilla. Esto es algo que odio, nunca me ha gustado me toquen ni me magreen después de correrme; pero con Lola era distinto. Era una experiencia nueva; ni siquiera con novias con las que he estado más tiempo me ha agradado eso.

Me hubiera quedado así horas, sintiendo el calor de su piel. Largo tiempo permanecimos así, sin decir palabra; pero al cabo de un rato Dolores habló.

– Eres… una pasada. Qué máquina sexual –dijo.

– Me vas a sonrojar Lola, no es para tanto –repuse con algo de vergüenza pero a la vez orgulloso.

– Que sí, que sí –insistió–. Hace que no me follan así… buf ni lo sé. Yo creo que nunca me han follado como lo has hecho tú.

– Exagerada… –objeté, visiblemente complacido.

Poco después nos quedamos dormidos, los dos desnudos, juntos, cansados y satisfechos.

———-

Por la mañana, desperté con una de mis habituales enormes erecciones. Entraba un poco de claridad por la persiana entreabierta. De inmediato vi a Lola, que me miraba tranquila.

– Por fin te despiertas, dormilón.

Ambos seguíamos desnudos, y semitapados por la sábana. Yo tenía cubiertas las piernas, pero mi falo erecto estaba a la vista. Lola tenía parte de la cadera y la tripa ocultas, pero podía ver su hirsuto coño y las tetas caídas hacia un lado.

– Llevas un buen rato empalmado. Qué bonico –me aduló.

Podría haberme dado vergüenza, y haber intentado ocultar la erección; pero al contrario: me gustó que me observara desnudo, dormido y empalmado. Me dio morbo.

– ¿No te duele? Es que llevas un buen rato –se interesó.

– No; bueno a veces sí que es m*****o, si llevo mucho tiempo. Y tengo que esperar para poder mear –expliqué, mirándome la polla mientras hablaba.

– ¿Y qué soñabas? ¿Era conmigo? ¿El polvo de anoche? –dijo con una sonrisa pícara.

– Jajaja, pues seguramente, pero no me acuerdo –era verdad.

Entonces me acerqué a ella, pegando mi duro miembro a su cuerpo. Acaricié sus redondeadas tetas, y pasé los dedos por sus pezones, que no tardaron en endurecer también.

La besé en la boca, pero al juntarse las lenguas, me apartó con suavidad.

– Espera, que vas muy lanzado –dijo Lola.

– ¿Qué pasa? –pregunté extrañado.

– Ven. Te quiero dar una sorpresa.

Se levantó de la cama, e invitándome a acompañarla, salió al pasillo.

La seguí, y desnuda como estaba, me dio la mano para que la siguiera. Se la cogí y caminé junto a ella. En ese momento me hizo gracia la situación: íbamos desnudos por la casa como si nada, igual que si fuéramos un matrimonio que lleva veinte años casados. Pero era mi vecina, y hasta hacía poco sólo la había visto con ropa.

El suelo estaba frío, pero era agradable. Como ya expliqué al principio, tanto el piso de Lola como el mío son muy grandes, de esos antiguos con bastantes habitaciones y baños. Me guiaba hasta el final del pasillo, aunque yo no sabía adónde. Por fin, llegamos a un amplio y remodelado cuarto de baño.

– ¿Te acuerdas que hace un par de años hice reformas? –preguntó.

– Sí, algo me suena que hubo obras.

– Tuve que cambiar algunos desagües viejos de este baño, y ya que estaba, lo reformé entero.

Era muy moderno, con muebles actuales y con pinta de caros. Pero la joya era una enorme bañera de hidromasaje, que estaba llena y bullía agua caliente.

– He pensado que estaría bien un baño matutino, y la he llenado mientras dormías.

Hacía calor en la estancia, y se notaba mucha humedad en el ambiente. Además había velas, que le daban al escenario un toque muy erótico y sensual.

– Jolín, qué pasada de baño… aquí te relajarás bien, ¿eh, Lola? –observé.

– Qué va; apenas la he usado en todo este tiempo. De hecho, eres el primer hombre que traigo aquí –con lo cual deduje que sí había llevado hombres a otras habitaciones; era normal, pero no pude evitar sentir una punzada de celos en mi interior.

Se metió ella primero, lentamente; empezando por una pierna, siguiendo por la otra. La contemplé admirado, parecía estar mirando una película erótica vintage: una mujer madura desnuda, con el coño peludo y las tetas grandes, entrando despacio a una bañera burbujeante. Toda ella destilaba erotismo y sensualidad.

Mi polla no tardó en empinarse otra vez. Lola se sentó y me invitó a hacer lo mismo, así que entré a la bañera, colocándome junto a ella. En seguida puso sus piernas sobre las mías, como indicándome que le hiciera un masaje. Empecé por los pies, que apenas sobresalían del agua. Le presioné cada dedo, continuando por las plantas, y seguidamente amasé los gemelos y los muslos.

Pasé la mano un instante por su clítoris, muy rápidamente, para que la sintiera y la deseara más. Lola cerró los ojos, y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo levemente. Con su pierna, me tocó varias veces la polla, hasta que por fin la agarró con la mano y empezó a masturbarme lentamente. Entre el agua caliente, las burbujas, la atmósfera sensual, y la pasión de Lola, volví a sentir una lujuria y un deseo como nunca había sentido antes.

Del pene pasó a los testículos, sobándolos con mano maestra. Y menos mal, porque estaba tan cachondo, que si hubiera seguido tocando la polla un poco más, me hubiera corrido sin remedio.

La sensación de tener una mano en mis huevos, y chorros de burbujas en diferentes partes del cuerpo, mientras le acariciaba las piernas y el coño a una mujer de la categoría de Dolores, era algo que no puedo explicar. La situación en la que me encontraba, bañándome en pelotas con ella en un jacuzzi, superaba con creces cualquier fantasía erótica imaginada con Lola que hubiera acabado en paja.

Le puse las manos en los pechos, que al ser voluminosos, no los cubrían del todo. La espuma resbalaba por su canalillo, y los pezones entraban y salían del agua con movimiento bamboleante.

– Mmmhhh, así cariño, qué bien me tocas… –dijo con voz entrecortada.

Volvió a cogerme la polla, arrastrando la piel arriba y abajo; yo le metí dos dedos en el coño, lo que le originó un nuevo estremecimiento.

– Ufff, Tomás, no sabes cuánto te deseo…

Sí que lo sabía. Porque yo a ella la deseaba más aún. Me acerqué y la besé, ofreciéndole mi lengua, en un gesto lúbrico pero cargado de cariño. Lola me correspondió con pasión, agarrándome el pelo de la nuca y atrayéndome a ella.

– ¿Sabes cuánto hacía que no follaba? –preguntó mientras me daba besos por la cara y el cuello.

– No…

– Más de un año –contestó entre más besos.

– No me lo creo… estás buenísima…

Le metí la lengua en la oreja, y noté cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo.

– Adulador… ufff… por suerte para el próximo polvo queda mucho menos –jadeó.

Seguimos besándonos y magreándonos unos minutos, como unos adolescentes que se van descubriendo mutuamente.

– Ponte de pie –me ordenó, al cabo.

Le obedecí y me levanté, quedando mi miembro completamente erecto a escasos centímetros de su cara. Lo observó con avaricia, con gula, como si fuera un helado que está a punto de saborear. Lo acarició por los lados, rozó los testículos, y por fin, lo probó. Sacó la lengua y tocó apenas la punta del glande, encendiendo al máximo mi deseo. Entonces me miró a los ojos, como preguntándome “¿sigo?”. Sabía muy bien lo que se hacía. Tal vez hiciera más de un año que no se acostaba con un hombre, pero desde luego no se le había olvidado y conocía todos los trucos.

Yo le devolví la mirada, una mirada suplicante, sin decir una palabra, pero transmitiéndole todas mis ganas. Entonces me besó el glande, y se lo metió en la boca despacio. Pero no continuó chupando. Se lo sacó y volvió a dirigirme esa mirada interrogante. Madre mía cómo me ponía.

– Sigue, por favor –le imploré.

– Quería que me lo dijeras –confesó con voz maliciosa.

Me agarró una nalga con cada mano, y abriendo la boca, se introdujo del todo la polla, hasta el fondo. No sólo no le entraron arcadas, sino que se puso a mover la lengua con una destreza que me hizo ver el cielo. Tenía toda la polla dentro de su boca, el glande me rozaba en el paladar, y la lengua jugueteaba con mi frenillo. La mamada solamente acababa de empezar, y ya me parecía la mejor de mi vida.

Mirándome a los ojos, siguió con sus movimientos linguales, mientras con las manos me apretaba y masajeaba el culo, clavando sus uñas en mi piel. Una sensación única. Pasó uno de sus dedos por detrás, acariciando suavemente el perineo y los testículos. Casi me corro del gusto. Ella notó mi reacción, así que se sacó el pene y succionó los huevos. Había visto que me gustaba eso, y quería prolongar mi placer. Sí, sin duda sabía lo que se hacía.

– No te corras aún, cariño. Quiero que disfrutes –dijo con ternura, mientras me besaba la base y los lados.

– No… no… tranquila –atiné a decir con los ojos cerrados.

Haciendo un pequeño círculo con los dedos índice y pulgar, pasó la polla por ellos, masturbándome. Desde la punta hasta la base, una y otra vez. Tras unas cuantas repeticiones, lo siguió haciendo pero poniendo la lengua en el frenillo, trazando círculos deliciosos. Las venas estaban hinchadas, y la erección al máximo. Sin apartar las manos del culo, con un dedo jugueteó por el ano, sin llegar a meterlo. Mi excitación era brutal.

– ¿Te gusta? –preguntó, mirándome a los ojos.

– Me encanta… –dije suspirando.

– ¿El qué? ¿Qué te encanta? –jugueteó.

– Todo…

Entonces se metió otra vez el miembro en la boca. Hizo una mamada pausada y fuerte, succionando lentamente como una ventosa. La notaba muy dentro de ella, caliente y húmeda. Cambió y se puso a chupar muy rápido, metiéndola y sacándola ágilmente, con pequeñas mamadas cortas y veloces. Cuando yo me aceleraba, y se aproximaba mi orgasmo, ella lo intuía y frenaba, realizando otra vez una lenta succión. Llevaba el ritmo de la chupada a la perfección. No quise pensarlo, pero por la mente me cruzó la idea de que Lola había chupado muchas pollas en esta vida, y de que disfrutaba haciéndolo.

Y era verdad: ella estaba gozando mientras lo hacía. Lo vi en sus ojos, y en su manera de saborearla. Se sacó la polla para pajearme con violencia, y para restregársela contra su cara. Se la pasó por las mejillas, por la nariz, por la barbilla; sacaba la lengua y la lamía como una posesa mientras se le llenaba el rostro de fluidos.

– Joder tía… cómo me pones –dije mirando cómo se frotaba toda la cara con mi rabo.

Mi capullo estaba morado y completamente hinchado, y Lola se lo pasaba por la cara, sacaba la lengua y lo lamía, lo absorbía un instante y se lo volvía a restregar. Le echó un escupitajo, y un hilo de su saliva quedó pendiendo desde mi punta hasta sus labios. Con la lengua, lo recogió y volvió a chupármela hasta el fondo de su garganta. No sé cómo ni con quién había aprendido a perfeccionar su técnica, pero era una experta.

Su dedo volvió a acariciar el exterior de mi ano. No lo llegó a meter, pero trazó círculos alrededor, como esperando la oportunidad de insertarlo. Mi pene ya estaba en máxima erección, pero aquello hizo que mis venas se hincharan aún más; tanto, que sentí que me iban a estallar.

– ¿Te gusta, eh? –dijo sacando un momento la polla de su boca.

– Mucho –pude vocalizar, extasiado de placer.

No tardó ni un segundo en volvérsela a introducir, afanándose en su tarea. Yo no gozaba sólo físicamente, sino que disfrutaba de ver cómo Lola se esforzaba en darme placer.

Le agarré la cabeza, tomándola por su melena mojada, y empecé a llevar el ritmo. Lola se dejó hacer, quedando completamente a mi disposición. Me puse a follarle la boca, cada vez más fuerte, cada vez más violentamente. Dolores no se inmutó ni opuso resistencia alguna; lo único que hizo fue acercar más su dedo a mi orificio.

La mamada estaba siendo bestial, nunca me la habían chupado así. Y el entorno era ideal: jacuzzi con burbujas, agua caliente, velas… Parecía una película porno.

– Con la mano –le pedí.

– Como quieras, cariño –dijo, agarrando mi miembro–. Pero ya sabes que puedes correrte en mi boca.

– Sí… sí… es sólo que… me gusta cómo la meneas con la mano.

La siguió sacudiendo con brío; pero efectivamente, mi intención era correrme en su boca. Sólo quería alargar un poco más el acto.

Parecía que no se cansaba, y demostraba igual destreza con la mano diestra que con la siniestra. Cuando me pajeaba con una, con la otra jugaba en mi culo, y así sucesivamente. Me moría de gusto.

– Lola, me tengo que correr, chúpamela… –dije, cuando ya no podía más.

– Pues claro Tomasín –accedió sonriendo.

Se la metió en la boca y siguió con sus perfectas succiones, chupando profundamente. Mi orgasmo era inminente, y presentía que iba a ser intensísimo. Empecé a notar un cosquilleo en mi interior, justo en la entrepierna; un par de movimientos más, y estallaría… Entonces una pequeña parte de su dedo se introdujo en mi ano, y mi orgasmo fue como una bomba. Apenas metió media falange, fue sólo un amago, pero bastó para hacerme correrme de una manera salvaje. Mi polla se convulsionaba en su boca, eyaculando semen sin parar. Y Lola se lo tragó todo sin problemas, sin tener arcadas o náuseas. No sé cuánto tiempo duró mi orgasmo, pero me pareció que mucho.

Cuando por fin me relajé, y mi rabo adquirió su tamaño habitual, Lola se despegó del mismo, dejándolo brillante.

– Madre mía, qué manera de correrte, chico –comentó, con evidente admiración por las cantidades de esperma expulsadas–. Y eso que hace sólo unas horas que follamos.

– Ya te digo –dije con la respiración aún agitada–. ¿Te has tragado toda la corrida?

– Me encanta –afirmó, y sacó la lengua para que comprobara que no había ni rastro de semen ya.

Me senté a su lado, y nos besamos. La sesión de sexo oral me había dejado absolutamente exhausto, y me acomodé en la bañera. El agua me cubría hasta el pecho; con el roce de la piel de Lola junto a mí, me sentía en el paraíso. Me relajé y cerré los ojos.

– No te duermas que no hemos acabado –advirtió.

Tenía razón; yo me había corrido a chorros y ella todavía estaba a dos velas.

– Sí, espera que descanse un poco –le solicité.

– Vale, pero recupérate pronto –me concedió.

Me acarició el pelo, enredando los dedos en mi cabello. Una vez más, me agradaba algo que nunca antes me había gustado.

– Voy a poner música –anunció, y salió de la bañera.

Sin secarse, y sin ponerse siquiera una toalla por encima, se alejó chorreando. Al cabo de un minuto volvió con un pequeño reproductor, que colocó en un mueble y accionó. Regresó a la bañera tranquilamente, desnuda y mojada. Era tremendamente sexy verla andar descalza, dejando huellas por donde pasaba, mientras de su cuerpo caían pequeñas gotas de agua.

Una canción de Barry White llenó la estancia. Era el toque que faltaba para dar a la escena un ambiente sexual. Lola, sin apartar sus ojos de los míos, entró muy lentamente en el jacuzzi, quedándose delante de mí. Se sentó en mis rodillas, rodeándome por detrás con las piernas. Tenía el coño abierto, pero no podía verlo debido al agua espumosa.

– ¿Ya te has recuperado, cariño? –preguntó, y me palpó los bajos para comprobarlo. Todavía estaba flácido.

– Aún me falta un poco –expliqué, tocando a mi vez su sexo.

Cuando lo hice, Lola se agitó levemente. Cambiamos de posición, sentándose ella en la bañera, y yo a su lado, para tener mejor acceso a su coño. Le palpé el peludo monte de Venus (me encantaba sentir el vello hirsuto); y pasando rápidamente los dedos por la vagina, le puse la mano en la cara interna de los muslos. Lola gimió.

– Mmmmhh, ya vuelves a usar tus manitas…

Poco a poco, me fui acercando a su raja, y despacio, le acaricié el clítoris. Dio un pequeño respingo cuando me sintió, y con su mano atrapó la mía, indicándome dónde debía tocarla.

– Ahí, ahí, ufff… –dijo con los ojos cerrados.

Guiado por ella, le pasé el dedo una y otra vez, mientras se estremecía de gusto. Con la mano libre me manoseaba el pene, que ya empezaba a adquirir tamaño.

– Esto es mucho mejor en compañía que sola, aquí en el jacuzzi –observó.

¿Cómo? ¿Me estaba diciendo que se pajeaba en la bañera? Dios, qué morbazo pensarlo.

– ¿Quieres decir que te tocas? ¿Te masturbas aquí tú sola? –la provoqué.

– Mmmhhh, sí… pongo el chochito en los chorros… hasta que me corro –dijo con voz sofocada.

En otra época, hubiera pagado por verlo. Pero ahora era yo el que se lo hacía: tenía a Lola para mí solo. Indefensa y postrada, estaba a mis expensas.

– ¿Y qué haces? ¿En qué piensas cuando te tocas? –seguí pinchándola.

Ella, lejos de amedrentarse o avergonzarse, me siguió el juego.

– Mira, me pongo así –y se sentó justo encima de un chorro de burbujas, con las piernas completamente abiertas–. Mmmhh, ufff… así me da en todo el coñito…

Me aferró el brazo y lo apretó, presa del placer.

– Y respecto a qué pienso –continuó–, muchas veces en ti… en que me follas Tomasín…

– ¿No decías que apenas habías usado el hidromasaje? –le pregunté con malicia.

– Muy pocas veces… sólo cuando estoy muy caliente o cuando te veo por la escalera y me tengo que aliviar –al parecer a ella también le gustaba provocar.

Mientras ella seguía disfrutando del chorro de aire en su vagina, yo le empecé a sobar las tetas. Tenía los pezones duros y mojados, y la espuma corría entre ellos. Mi polla ya estaba dura.

– El otro día, aquel domingo que te vi cuando llegabas, ¿te acuerdas?

– Sí –contesté con interés.

– Después de comer me llené la bañera, y estuve toda la tarde haciéndome pajitas –dijo fogosa.

Su manera de hablar me estimulaba sobremanera; ya estaba listo para la acción otra vez.

– Y ahora quiero que me folles –me ordenó, como leyéndome el pensamiento.

La posición no era la más cómoda, ella sentada en el asiento y yo con las rodillas en el suelo de la bañera; pero era muy excitante hacerlo en el agua. A Lola se le escapó un fuerte chillido cuando mi rabo, con una facilidad tremenda, entró en ella.

– La de pajas que me he hecho aquí pensando en ti, Tomás. ¿Y tú, te la cascas pensando en mí? –decía jadeando.

– ¡Mmmhh, sí, sí, muchas veces! –exclamé.

Arremetí fuerte, penetrando hondo en su coño. Nuestro vaivén provocaba que el agua se agitara, y buena parte se salía fuera de la bañera. Nos daba igual.

– Cariño, qué bien me follas, nunca me han follado tan bien… -espoleado por estas palabras, la embestí con más energía todavía.

Una vela fue salpicada y se apagó, y terminó cayendo al suelo. Pero yo seguía con mi cadencia, empujando dentro de Lola, mientras el agua tibia nos envolvía. Le sobé y chupé las grandes tetas, semicubiertas de espuma.

Follar en una bañera era una experiencia nueva para mí, y totalmente recomendable. Pese a que la postura no era del todo agradable, como ya he explicado, se compensaba con creces con el hidromasaje y la atmósfera húmeda.

– Qué ganas te tenía, Tomás, qué ganas te tenía –repetía Lola.

Las rodillas me dolían un poco, así que decidí cambiar de posición.

– Deja que me siente yo –le demandé, separándome de ella.

Me senté donde había estado ella, que se colocó encima de mí, dándome la espalda. Insertamos mi verga con cuidado, pero cuando entró, Dolores inició un movimiento violento, arriba y abajo.

– Así, así, me encanta, cariño –resoplaba.

Le puse ambas manos en los pechos, magreándolos, pellizcando los pezones. Jugaba con sus tetas, apretándolas, acariciándolas, tirando de ellas. Lola subía y bajaba, con un perfecto movimiento de caderas, retozando con mi polla en su interior.

Atrapó mis manos con las suyas, y ella guiaba el masaje de sus senos, además del ritmo de la follada. Apretaba sus pechos y pezones, sin dejar la cadencia arriba y abajo. Era una diosa follando.

Escapé la mano derecha, dirigiéndola despacio por su cuerpo, hacia abajo. Le acaricié la barriga, el ombligo; después sentí su vello púbico enredarse en mis dedos, y jugueteé unos instantes ahí. Por fin llegué a su sexo, rozando primero la entrada. Pasé las yemas por la rajita, notando cómo Lola se estremecía. Finalmente palpé su botón, masajeándolo con suavidad.

– Uffff –suspiró Lola, al parecer incapaz de vocalizar nada más.

Seguí con mi masaje, consciente de que la haría correrse. Entre mi polla que entraba y salía, y mis dedos que la acariciaban, se acercaba cada vez más al orgasmo.

– Tomasín… no pares… por favor –imploró.

Haciéndole caso, continué estimulándole el clítoris, presionándolo y dibujando círculos. El agua salpicaba fuera, pero no tanto como en la postura anterior.

Poco a poco, Lola fue acelerando el ritmo, clavándose cada vez más fuerte. Le acompañé con los dedos, y fui acompasando mis movimientos a su cadencia. Empezó a botar tan fuerte en mí, que el agua se agitaba formando olas, y rebosaba fuera de la bañera. Luego habría que fregar un buen rato, pero no nos importaba. Estaba siendo un polvo de campeonato.

– Joder Tomasín… –jadeó.

De repente, frenó su compás impetuoso, tensando su cuerpo. Me apretó muy fuerte la mano y comenzó a chillar, iniciando un movimiento espasmódico con cada sacudida de su orgasmo.

– Mmmhhh… uffff… uffff… –gemía con cada convulsión.

Finalmente, me apartó con suavidad los dedos de su clítoris, extenuada.

– Ya… ya… -dijo al tiempo que retiraba mis dedos.

Mi polla erecta seguía en su interior. Como me había corrido hacía poco, aguanté como un jabato todo el polvazo; pero ahora que ella había disfrutado, podía relajarme y no tardaría en irme de nuevo.

– No te duermas, que no hemos acabado –dije con sorna.

– Qué cabroncete estás hecho –protestó Lola–. Anda, deja que me recupere, que no tienes límite.

Le acaricié sus turgentes pechos, pellizcando los pezones. Me fascinaba sentir la redondez y perfección de sus tetas en mis manos.

– Quiero hacerlo… despacio –expuso Dolores.

– Me encanta despacio.

Comenzó a subir y bajar muy pausadamente, haciendo que el roce de mi pene dentro de ella se incrementara.

– ¿Te gusta así, cariño?

– Bufff, así me encanta, qué pasada –afirmé.

Su lento movimiento contrastaba con la violencia de hacía sólo unos minutos, cuando casi evacuamos todo el agua de la bañera.

– Quiero vaciarte, que te corras dentro de mí, Tomás –aseguró con voz sugerente.

Además de subir y bajar, presionaba con los músculos de la vagina, regalándome una sensación inigualable en el miembro.

– Lola, no me creo que lleves un año sin follar… lo haces como los ángeles.

– Un año no, llevo solamente unas horas, desde anoche –rió–. Pero en serio, es verdad que llevaba más de un año.

– Pues no se nota… Madre mía qué bien follas –dije mientras ella seguía elevándose y descendiendo lenta pero firmemente.

El compás de sus caderas era inexorable; en unos instantes me correría sin remedio. A pesar de haber tenido un orgasmo hacía poco, empecé a notar el delicioso cosquilleo en mi interior, previo al clímax.

– Cuando te vi en pelotas en la ducha… ufff Tomás… no sé cómo pude contenerme –dijo respirando agitadamente.

– Joder… y yo… te hubiera follado –confesé.

– ¿Sí? ¿Me hubieras follado? ¿Y ahora te vas a correr? –me incitó.

– Uffff… ya mismo… no aguanto…

Era verdad. Estaba a punto de llegar. Su magnífico movimiento me estaba llevando al máximo placer. Si el anterior orgasmo fue como una explosión intensísima, este clímax llegó diferente.

– Ya… ya… me corro –dije por fin.

Fue como llegar muy despacio al borde de un precipicio, y justo cuando llegas al límite, desplomarse hacia abajo en un orgasmo quizá no tan intenso pero mucho más largo.

Después de haber terminado el último espasmo, Lola se levantó de encima mío, y se sentó a mi lado. Me dio un beso en la mejilla, y nos miramos. Estábamos derrotados. Observamos alrededor y por primera vez fuimos conscientes de la liada que habíamos hecho: agua por todas partes, velas por el suelo, espuma derramándose por fuera de la bañera…

– Madre mía –dije riendo.

– Está todo empantanao –advirtió Dolores.

Nos quedamos un rato descansando en la bañera, disfrutando del agradable hidromasaje. Dándonos besos y caricias. Pero lo bueno se acaba, y cuando se enfriaba el agua tuvimos que salir, fregar el suelo y limpiar todo. Pero mereció la pena.

———-

Los días y semanas siguientes fueron fabulosos. Follábamos casi a diario, en todas habitaciones de su casa y probando todas las posturas. Lola también bajaba a mi piso, y estrenamos todas las estancias. Por supuesto, repetimos en el jacuzzi varias veces. Incluso un par de veces lo hicimos en el balcón, por la noche. Es un bloque alto y desde la calle no nos podían ver, pero algún vecino de enfrente sí podría habernos descubierto. Y aunque esas sesiones fueron de mad**gada, cuando todo el mundo duerme, nunca se sabe. El morbo y la excitación de ser pillados era increíble.

Fueron unos días geniales. Éramos como dos adolescentes enamorados, besándonos en todos rincones y metiéndonos mano a la menor ocasión.

Me sorprendía la fogosidad de Lola. Nadie diría que tenía cincuenta años. Primero por su cuerpazo, pero también por su ardor y entusiasmo. Tenía las hormonas revolucionadas, en plena efervescencia, y quería hacerlo a todas horas. Supongo que yo para ella había supuesto un soplo de aire fresco, y había rejuvenecido su ya de por sí alegre carácter.

Dolores, a su vez, representaba para mí algo que no había imaginado. Significaba la madurez, sentar la cabeza, un amor adulto y experimentado que daba equilibrio a mi vida. Nos complementábamos a la perfección.

Pero todo lo bueno se acaba, o al menos se interrumpe.

Estábamos un sábado por la mañana echando un polvo de los que hacen afición. Después de haberse corrido ella, le estaba dando por el culo para correrme yo.

Llevaba puesto un condón y le había aplicado un poco de lubricante especial. Estaba gozando de lo lindo, mientras ella chillaba de placer. Desde que habíamos descubierto lo agradable que es por atrás, lo hacíamos a menudo.

Me faltaba muy poco para llegar, estaba a punto… Un par de embestidas y ya lo tenía. Entonces, la puerta de entrada al piso y una voz familiar me sobresaltaron.

– ¡Tomás! ¿Estás en casa? –exclamó la voz. Era mi madre.

De la impresión, me corrí a chorros. El gusto fue una pasada, pero tenía que rehacerme rápidamente o nos pillarían. Y por nada del mundo podía saber que estaba con Lola.

Salí del culo de Dolores, y me saqué el preservativo. Oía los pasos que se acercaban.

– ¡Lola! Tápate con las sábanas, ¡rápido! –le susurré.

No me quedaba otra, así que salí desnudo al pasillo, al encuentro de mi madre. Debía impedir a toda costa que se enterara de que estaba con Lola. Con la polla todavía goteante, tapada por mis manos, casi me topo con mi madre al salir al pasillo.

– ¡Mama! –grité, sin saber qué más decir.

– Joder Tomás, ¿qué haces así? –preguntó mi progenitora, echándose a reír.

– Nada… ¿tú qué crees? –intenté parecer indignado.

– Vale vale, ya te dejo –la cara se le había enrojecido por la vergüenza y seguía riendo.

– Vale, gracias –repuse.

– El papa está recogiendo las maletas. Le digo que no suba todavía y nos vamos a echar un café, media hora. Para que te repongas –indicó–. Por cierto, volvemos a vivir aquí –añadió saliendo ya de casa.

– ¡¿Cómo?! –exclamé, pero cerró la puerta.

Con la conmoción del momento, volví al dormitorio. Lola estaba muy seria.

– Debo irme –dijo gravemente.

– Sí, vístete y subes mientras están fuera –le sugerí.

– No Tomás… debo irme. Del todo –el tono era muy circunspecto. De pronto noté una punzada en mi interior y entendí.

– ¡¿Qué?! ¿Qué quieres decir? –aunque ya lo sabía.

– Tomás, esto tiene que acabar. Ha sido muy bonito. Pero no puede seguir. Soy amiga de tu madre… y esto está mal –explicaba mientras se vestía.

– No, no, Lola… no tiene por qué enterarse… –noté que me estaba mareando.

– ¡Pero qué coño dices! ¡Cómo no se va a enterar! Vienen a vivir aquí, ¡¿no te has enterado!?

Tenía razón. ¿Por qué narices tenían que venir a vivir ahora a la ciudad? Vaya mierda.

– Pero Lola… podemos seguir… –intenté argumentar, pero no me sentía con fuerzas. Mi mundo se desvanecía.

– No Tomás; no se puede. Lo siento, porque te quiero mucho –decía Lola dirigiéndose ya a la puerta.

La seguí desnudo y aturdido; de repente, en unos instantes, todo se había ido a la mierda.

– Lola… –dije desde la puerta, mientras ella ya subía.

– Lo siento Tomás –respondió desde arriba de las escaleras.

Media hora después aparecieron mis padres, no sin antes haber avisado por WhatsApp. La conversación hubiera sido graciosa si yo no hubiese estado derrumbado. Me preguntaban entre risas que qué chica era, y los típicos comentarios de cachondeo. No expliqué mucho, y ellos me informaron de que volvían a la ciudad.

– ¿Pero por qué? ¿Por qué ahora? –interrogaba yo.

– Me aburro en el pueblo. Quiero volver aquí –sentenció mi madre–. Además aquí salgo más, está Lola… Por cierto, ¿qué tal está? ¿La has visto?

Un miedo me asaltó, pensando que lo sabía. Pero era imposible, así que me tranquilicé y le respondí que sí, que a veces por la escalera.

– Luego la aviso y tomo algo con ella –me informó.

Así pasaron las primeras horas desde que regresaron mis padres. Pero al día siguiente, por la tarde, mi madre llegó a casa hecha una furia.

– ¡Tomás! ¡TOMÁS! –gritaba.

– ¿Qué pasa?

– ¡Ya sé con quién estabas ayer! ¡LO SÉ TODO DEGENERADO!

Había quedado con Lola y se lo había contado todo. No había podido reprimir los remordimientos, y había sido franca con su amiga. Mi madre estuvo a punto de darle un bofetón, según me explicó, pero se contentó con levantarse de la silla en la cafetería donde estaban, y supuestamente, retirarle la palabra de por vida.

Mi madre exponía todo eso sofocada y furiosa. Yo aguantaba como podía el chaparrón, y mi padre ponía cara de circunstancias. Entonces intervino él.

– Marisa, mujer, no te sofoques –empezó.

– ¡¿Qué?! ¡¿CÓMO?! ¿Te vas a poner de su parte? –chillaba.

– Mujer, tú misma eres ocho años mayor que yo –explicó mi padre muy tranquilo.

– ¡¿Y qué?! ¡¿Y QUÉ?!

– Y tu hermana Carmen, desde que se ha divorciado, no hace falta que te diga lo que ha hecho.

Mi tía se había divorciado hacía unos años. Al poco tiempo, se juntó con un chaval al que llevaba dieciséis años. Sólo era dos años mayor que yo. Se habían casado y habían tenido un niño.

– Bueno, ¿y qué? –mi madre empezaba a dudar.

– Y ni a tu hermana ni a él les has retirado la palabra –argumentaba sabiamente mi padre.

– Ya lo sé Tomás, ¡pero es totalmente diferente! –exponía ella, pero mi padre había sembrado una incertidumbre en ella, que era incapaz de ocultar.

– Y estás deseando quedar con Lola, no parabas de decirlo en el coche.

– Joder Tomás… –mi madre tenía los ojos llorosos.

Se alejó, con el móvil en la mano. Se encerró en una habitación. A los diez minutos salió. Había hablado con Dolores.

– Ya está. He hablado con ella –manifestó.

Le había pedido perdón. Pero no sólo eso, le había dado sus bendiciones para estar conmigo. Aunque Lola se había despedido de mí diciendo que todo se acababa, cuando habló con mi madre le había confesado que me quería, que estaba enamorada de mí, y que quería estar conmigo. Mi madre no lo aprobó, y entonces Lola dijo que por encima de todo no quería perderla a ella. Pero mi madre reaccionó mal y se encabezonó, hasta que mi padre, con cordura, le hizo entrar en razón.

Llamé a Lola. Le dije lo que había pasado, y el timbre de su voz destiló ilusión.

– Tomasín, te adoro, y quiero estar contigo –dijo al otro lado de la línea.

– Y yo –afirmé.

Mis padres, en efecto, regresaron a la ciudad, a nuestro piso. Yo me he mudado al de arriba, con Lola, donde vivimos juntos. No estamos casados pero ya esperamos un niño (aunque parezca increíble, es así), y somos muy felices. Mis padres no podrían estar más contentos: me tienen al lado, o justo encima; y mi madre tiene a su amiga, y ahora nuera, con quien queda para tomar café como antaño.

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Dedicado a una persona que ahora está lesionada. Espero que leyendo esto se le pase antes el tiempo; seguro que muy pronto puede caminar e incluso correr 😉

© Odual (juan_zgz@hotmail.es)

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