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Por un comentario

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A veces un comentario puede llevarte al infierno… o al paraíso.
Algo de eso me sucedió una tarde mientras visitaba en su casa a un amigo, (Martín, no es su verdadero nombre) con el que siempre comentábamos sobre nuestras aventuras sexuales, yo en ese tiempo venía cambiando de novia muy seguido y él estaba casado desde hacía 2 años.
Sobre los gustos de cada mujer, intercambiábamos historias muy subidas de tono, y con mucho detalle, aunque en mi caso sin comentar de quién se trataba, pero en el suyo siempre era su esposa, aunque a veces recordaba de sus tiempos de soltero otras historias, que las tenía y muchas.
Como al pasar me cuenta sobre una ex novia que tenía como fetiche el usar una tanga negra que funcionaba como código para invitarlo al sexo, y que había usado este mismo código con su esposa, sin saberlo ella, a la que le había regalado una tanga similar.
Esta conversación me estaba haciendo calentar pensando en la situación y en lo que me gustaba usar bombachas negras a mí, cosa que mi amigo desconocía y al que no pensaba revelarle mis gustos, después de tanto tiempo que había pasado desde mi historia con Claudio a mis 19 años.
Sin pensar en su reacción le dije “deberías regalarme una a mí también”, con la ambiguedad que tenía la frase, porque podía entenderse que yo necesitaba usarla para incentivar a mi novia o….
Lo que siguió fue enloquecedor: me dijo que sí me la iba a regalar, pero que con nosotros iba a funcionar como con su esposa, o sea que YO usaría la bombacha cada vez que quisiera sexo…
Me quedé mirándolo sin entender, y me aclaró que me la iba a regalar allí mismo, pues su mujer tenía varias y no notaría la falta de una. Y diciendo esto, se fue hacia el cuarto sin esperar mi respuesta por sí o por no.
Mi cara de asombro duró hasta su regreso, porque me miró mientras me mostraba una tanga negra de satén riéndose mientras me decía “ésta te gusta?” y yo sin poder articular palabra pero tragando saliva sin saber si lo decía en serio o no, me parecía increíble lo que estaba viendo.
Me dijo: ” a mí me es la que más me gusta” y recién ahí pude abrir la boca y le dije “entonces ponétela vos” pues hasta allí podría seguir la charla como una broma sin contarle nada mío. Y entonces subió la apuesta y me dijo “vení y ayudame” mientras se iba al cuarto.
Lo seguí para ver que iba a suceder, sin pensar en que su mujer pudiera regresar pues faltaba poco para que vuelva de su trabajo. Y cuando entré al cuarto, me sorprendí más todavía, si era posible.
Sobre la cama había una pequeña colección de tangas negras, una más hermosa que la otra.
Estaba a punto de entrar al paraíso o al infierno?
De todos modos, decidí entrar.
Martín se estaba quitando la ropa completamente, ya se estaba sacando un boxer en el que se adivinaba una erección suave. Me mira y me dice “pensabas que era joda? ayudame a ponérmela” mientras me alcanza la bombacha de satén y se acuesta en la cama para que se la ponga.
Mientras me temblaban las manos, le paso las piernas por los agujeros correspondientes, se la empiezo a subir mientras su pija se iba endureciendo automáticamente, como indicador del gusto que esto le provocaba. Me costó bastante cubrirla con la tanga por el tamaño que iba tomando, pero finalmente lo logré mientras no podía creer lo que estaba haciendo: vistiendo con una tanga a mi amigo que ahora me invitaba a elegir una para mí de ese surtido que me mostraba.
Sin dudarlo elegí una muy parecida con puntilla en todo el borde y le dije “esta” mientras él me iba sacando la ropa rápidamente. Esto tuvo un efecto contrario al que le había provocado a él. Mi pija se iba reduciendo cada vez más.
Cuando finalmente estuve desnudo, casi había desaparecido, lo que le provocó mucha risa, mientras comentaba “tan pijudo que eras y mirá lo que me encuentro”.
Me puso la tanga sin darme tiempo a acostarme y allí mientras subía por mis piernas el suave tejido de satén sentí que mi pija se endurecía tan rápido que temí acabar antes de tener puesta la bombacha.
Suavemente me acomodó la pija dentro de la bombacha y me dijo: “y ahora?” A lo que le contesté: “ahora dame un corpiño”. Y abrió el cajón de lencería de su mujer y me dio a elegir. El primero que encontré era muy similar a mi bombacha pero no parecía ser del mismo conjunto, pero… qué iba a estar eligiendo mucho?
Le quise elegir uno para él y me dijo que así estaba bien. Mientras me miraba, yo me iba poniendo el corpiño sin sentir nada de verguenza por la situación, como si siempre hubiéramos hecho esto.
Y entonces pregunté yo lo mismo “y ahora?” y Martín me llevó mi mano hasta su pija cubierta por la bombacha, que parecía querer salirse por cualquier costado.
Comencé a frotarla mientras él comenzaba a respirar agitadamente, así durante un par de minutos interminables en que sin darme cuenta me iba agachando hasta quedar a la altura de la cama y mi boca a un centímetro de su pija. Sin dudarlo comencé a lamerla sobre la tela, hasta que el tamaño pudo más y comenzó a asomar por un costado la cabeza lustrosa y eso fue como la señal para que mi lengua se abalanzara sobre la pija que terminó de salir en todo su tamaño.
Al segundo ya estaba toda dentro de mi boca, mientras con la lengua humedecía sus huevos que estaban muy chicos de la calentura, y decidí cubrirlos con la tanga para concentrarme en la pija.
Después de un rato de disfrutarla, pensé que había llegado el momento en que debíamos cambiar de posiciones. Sin decir nada me acosté a su lado y automáticamente sentí su mano que sacaba mi pija de la tanga, esta vez por el borde superior y me la empezaba a pajear. Y al segundo sentí su boca chupándomela como hasta hacía un momento yo lo estaba haciendo.
Después de esto le propuse hacer un 69 de pijas, cosa que sin dudarlo hicimos dando y recibiendo placer por todos lados. A esta altura tuve un momento de lucidez y pensé que podría regresar su mujer, no sabía cuánto tiempo hacía que estábamos así. Le dije “Martín, qué hora será?” pero no me respondió porque su respiración y gemidos me indicaban que estaba por acabar, así que le pedí que acabara, lo que hizo que llevara su mano a su pija y en dos o tres pajeadas ya estaba acabando sobre la bombacha, manchando con su leche la tela negra mientras yo miraba sin poder creerlo. Y a continuación metí mi pija adentro de la tanga, como me gusta hacerlo mientras me pajeo solo, para acabar adentro y que mi leche salga a través de la tanga.
Al llegar este momento me relajé durante unos minutos y sin decir palabra me vestí guardando la bombacha en una bolsita pues estaba empapada de mi leche y la guardé en un bolsillo. Mientras Martín hacía lo mismo y se enjuagaba la pija en el lavatorio del baño, lo miré y se empezó a reír mientras me decía “no me conocías estas habilidades eh?” y le contesté “seguro que tampoco vos las mías”. Luego guardó toda la ropa, incluido el corpiño que me había prestado y que prometió volver a prestarme cuando volviera con la tanga negra puesta debajo de mi ropa.
Cosa que hice varias veces más, pero que contaré en otras historias.

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