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Víctor, el futuro médico – 2° parte

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Víctor, el futuro médico – 2° parte
Subí al colectivo con rumbo al profesorado, y recordando todo lo sucedido durante la tarde en el Zoológico me costaba creer que todo fuera verdad. Que todo hubiera sido real. Me replanteaba una y otra vez si era verdad que me acaba de levantar a un marica. A mí siempre me gustaron las mujeres y tenía cierta facilidad para conseguir una chica, pero Víctor tenía algo que impedía que me lo quitara de la cabeza y no podía darme cuenta que era. Llegué al profesorado y la noche transcurrió con normalidad.

Volví a casa a la hora acostumbrada. Toda la familia durmiendo y yo, como todas las noches, recalentando la comida que me había dejado mi vieja. Luego de cenar me acosté y me clavé una flor de paja, recordando la preciosa “Manuela” que me había realizado Víctor varias horas antes.

Al día siguiente, mientras desayunaba, mi mamá me dice:
– “Ayer, a eso de las seis de la tarde te llamo por teléfono un tal Víctor que dijo ser amigo tuyo. ¿Quién es? ¿Lo conozco?”
– “Es un compañero del profesorado, y no mamá, no lo conoces. ¿Te dijo para que llamo?”, mentí.
– “¿Acaso no lo viste en el profesorado?”
– “No mamá, ayer no fue. Faltó a las clases. ¿Qué quería?”, otra nueva mentira.
– “No entendí muy bien. Me dijo que donde había quedado en reunirse con vos el viernes a la una de la tarde, no iba a poder ser y que para no llegar tarde era mejor que lo esperaras en la esquina del Monumento a los Españoles. ¿Qué tenés que hacer por allí a esa hora?”
– “Entrenar, mamá. Vamos a ir a trotar a los bosques de Palermo para entrenar para la prueba de 5000 metros de atletismo. Después de allí nos iremos al profesorado.”, tercera mentira a mi vieja.

El guacho me llamo no bien llego a su casa, se nota que quería confirmar que el teléfono era cierto. Sabía que no podía llamarlo a Víctor, ya que los jueves me dijo que estaría todo el día en la Facultad. Él había decidido adelantar la hora y cambiar el lugar. Decidí llamar por teléfono a mi amigo y compinche de hace varios años, Andrés, para que me ayude a tomar una decisión. Hable con él como veinte minutos contándole con lujo de detalles todo lo que me había sucedido el día anterior. Le pedí consejo para saber qué hacer: si seguir para adelante o dejar que todo vuelva a fojas cero. Me convenció de seguir cuando me argumentó:
– “Escuchame Eduardo, desde que cortaste con Silvia que no la estas poniendo. ¿Cuánto más vas a seguir pajeándote? Deja que este tipo Víctor comience haciéndote unas pajas, que por ahí con un poco de suerte, se decide a chuparte al pija, y cuando te quieras dar cuenta te lo terminas cogiendo. Dale para adelante y si ves que la cosa no funciona, usa el mismo verso que tanto resultado nos da con las minas y a otra cosa.”

Por supuesto que le cuestioné el que jamás me había cogido a un hombre y no estaba seguro de tener demasiadas ganas de hacerlo. Andrés me seguía animando con el tema de probar y que si no me gustaba lo mandara al carajo. Me decidí a probar y seguir con Víctor hasta donde pudiera.

Llegó el viernes, almorcé temprano, me puse el uniforme de gimnasia del profesorado: zapatillas negras, pantalón buzo azul, remera tipo chomba color blanco y como hacía un poco de calor la campera buzo azul la guarde en el bolso junto a los útiles y ropa deportiva para los diversos deportes. Me despedí de mi vieja y caminé por Av. Sarmiento hasta llegar a la puerta de entrada al Jardín Zoológico que da al Monumento a los Españoles. Llegue diez minutos antes de lo que él había decidido. Lo veo llegar por Av. del Libertador con paso apurado. Estaba vestido casi con la misma ropa del otro día, con la diferencia que la camisa esta vez era blanca. Llevaba el guardapolvo de médico abierto. Intente nuevamente que nos demos un beso en las mejillas pero volvió a ofrecerme la mano extendida.
– “¿Todavía estás vestido de médico?”
– “Sí, es que no quería llegar tarde. Por eso te cité en este lugar. Me queda más cerca del hospital.”
– “¿Pero para que adelantaste la hora? A las dos de la tarde no hubieras tenido que apurarte.”
– “La verdad Eduardo, es que quería pasar más tiempo contigo y hoy podremos estar una hora más.”
– “No sé si será una hora más. Hoy tengo materias deportivas y debería llegar un poco más temprano para entrenar. Pero no te preocupes, lo vamos viendo.”

Se quitó el guardapolvos, lo doblo lo mejor que pudo y lo guardo dentro de su maletín.
– “Tú conoces mejor que yo estos bosques de Palermo. ¿Adónde podríamos ir para que pueda volver a jugar con tu pija?”
– “Pensé que querías conversar y seguir conociéndonos.”
– “Podemos conversar con tu pija entre mis manos.”
– “¿Y dentro de tu boca…?”
– “Si me llevas al lugar adecuado, tal vez pueda cumplir tu deseo.”

Cuando escuche esto último mi verga se endureció casi inmediatamente. Con el pantalón buzo se notaba terriblemente mi “carpa”, pero decidí no esconderla. Si Víctor estaba dispuesto a “comerse” mi pija quería demostrarle como la tenía preparada para él. Vio como estaba mi poronga y se sonrió. Aproveche para decirle:
– “Lástima que vinimos para este lado. Un lugar muy bueno es el Jardín Botánico que tiene lugares con muchísimo follaje y hay menos gente que en el Zoológico.”
– “Me siento apenado por haberte citado aquí sin consultarte antes.”
– “No te preocupes. ¿Ves el Planetario que está después de la Av. Figueroa Alcorta?”
– “Sí.”
– “Bueno, tendremos que caminar un poco, porque allí detrás, debajo de las vías del tren, hay un lugar que se llama ‘El Guindado’ donde la gente va a coger allí las 24 hs. del día.”
– “Pero…. Yo no hable de ir a coger. Te dije que todavía soy virgen. Conozcámonos mejor antes de intentarlo.”
– “Yo tampoco hable de coger. Solo que en ese lugar van muchas parejas y entre tantas cosas que suceden allí, una de ellas es coger.”

Luego una caminata de unos diez minutos, en la que no nos hablamos pero si nos lanzábamos miradas provocativas, llegamos a El Guindado. Había parejas de todo tipo y edades, besándose, toqueteándose y algunas cogiendo. Me percaté que Víctor se sintió medio cohibido y resolví llevarlo hacia la barranca del talud del tren San Martín, cruzando nuevamente la Av. Figueroa Alcorta y alejándonos unos doscientos metros de donde estábamos. Una larga fila de álamos, cerca del monumento de un ciervo, era un buen escondite a miradas indiscretas. Nos sentamos y nos acomodamos detrás de dos de ellos que estaban demasiado juntos y decidimos que era el mejor lugar. Yo a su izquierda y él a mi derecha. Le pregunte:
– “¿Te gusta este lugar? ¿Estás cómodo?”
– “Sí.”

Se produjo un silencio incómodo. Lo que Víctor vio que sucedía en El Guindado y el tener que cambiar de lugar nos rompió el clima que habíamos creado. Además él no se decidía sobre donde sentarnos, y entonces mi verga perdió vigor. Esta vez no quería ser yo el que rompiera el silencio. Preferí que fuera él, cuando se sintiera cómodo, que tomara la iniciativa. Pasaban los minutos y nada. Víctor seguía ensimismado en sus pensamientos. Me di cuenta que si él estaba dispuesto a asumir el rol “femenino” de la pareja, tendría que ser yo el que diera el primer paso. Decido entonces sorprenderlo con un beso en su mejilla izquierda. Se sonríe y me devuelve un beso en mi mejilla derecha. Estuvimos jugando de esta forma durante aproximadamente dos minutos en los cuales cada uno le dio no menos de diez besos en la mejilla al otro.

Yo pretendía que en algún momento sea él quien me sorprendiera, y vaya si lo hizo. Cuando yo intento un nuevo beso en su mejilla, él gira su cabeza hacía mí y terminan mis labios junto a los suyos. Era la primera vez que besaba a un hombre. Sentí como un shock eléctrico en mis labios que recorrió todo mi cuerpo y se detuvo en la punta de mi verga. Me separé de Víctor y me quede mirándolo. Estuvimos así no más de diez segundos pero creo que para ambos fue toda una eternidad. Finalmente le digo:
– “¿Qué fue eso?”
– “Un beso. ¿No te gustó?”
– “Sí. Lo que pasa es que es la primera vez que beso a un hombre.”
– “¿Y qué te pareció?”
– “No sé, raro. Sentí como un escalofrío que comenzó en mis labios y recorrió todo mi cuerpo. Siento que mi verga quiere volver a la vida.”

Me ofrece su boca para que se la bese. Sus labios a diferencia de los míos son más carnosos, sobre todo el inferior. Le beso su labio inferior y el me corresponde besando mi labio inferior. La corriente eléctrica vuelve a recorrer mi cuerpo desde mis labios hasta la punta de mi poronga. Nos besamos de esa forma durante interminables minutos que permitieron a mi verga una dureza extraordinaria. Fue en ese punto en que quise redoblar la apuesta y esta vez fui yo el que tomo la iniciativa. Víctor esperaba mis labios sobre los suyos, pero no solo tuvo lo que esperaba sino que metí mi lengua dentro de su boca. Él al instante busca con su lengua la mía y en un frenesí imparable comenzó una batalla entre ambas lenguas por apropiarse de la boca oponente.

Sin lograr su propósito ninguno de los dos nos separamos, nos miramos y es Víctor quien me sugiere:
– “¿Y si en lugar de pelear con las lenguas, las hacemos que se conviertan en amigas?”

No le respondí. Hasta ese momento el contacto entre nuestros cuerpos era solo entre los labios y las lenguas. Lo abrazó, lo atraigo hacia mí, lo beso y meto mi lengua dentro de su boca. Me abraza, me atrae hacia él y pudimos sentir nuestros corazones latir a una velocidad impresionante. Víctor permitió que mi lengua jugara con la suya dentro de su boca. Estuvimos así durante treinta segundos que parecieron treinta minutos. Afloje mi lengua y permití que la suya penetrara en mi boca y así durante otros treinta segundos. Perdimos la noción del tiempo con esos besos y abrazos. Víctor decide recostarse sobre el plano inclinado de la barranca y yo quedo encima de él. Sin separar nuestros labios y lenguas ambos notamos la dureza de nuestras pijas y comenzamos a frotarnos las vergas a través de los pantalones.

Luego de varios minutos de besos y vergas frotándose, me salgo de arriba de Víctor y le digo:
– “Si continuamos así mancharemos nuestros slips y nuestros pantalones, y será un verdadero problema el poder limpiarnos.”
– “¿Y qué quieres que hagamos, entonces?”
– “Vos me prometiste ‘algo’ en el Monumento a los Españoles, ¿o ya te olvidaste?”
– “Recuéstate.”

Una vez que estuve sobre la hierba le deje hacer. Me siguió besando con muchísima lengua al tiempo que su mano derecha bajaba hasta el bulto de mi verga. A través del pantalón de gimnasia se sentían muy bien sus caricias, pero Víctor no se conformaba. Aflojo el moño de la cinta del pantalón, metió su mano dentro y siguió buscando dentro de mi slip. Encontró el tesoro que estaba buscando e intenta sacarlo afuera. Lo tuve que ayudar levantando mi pelvis para que pueda bajarme un poco el pantalón y también poder liberar mis huevos. Dejó de besar mis labios y su boca se apoderó de mi verga al tiempo que me acariciaba las bolas que estaban llenas de leche.

Apoyo sus labios en la punta de mi verga y de a poco fue bajando lentamente para que yo pudiera deleitarme viendo como mi pija desaparecía dentro de su boca. Sentí como su lengua jugaba con mi glande y con el tronco. Llego a tragarse todos mis 16 cm. de pija y fue entonces que me empezó a pajear con sus labios en un lento y constante sube y baja por todo a lo largo del tronco. Le informo:
– “Estoy a punto de acabar. ¿Qué quieres hacer?”

Se saca mi verga de su boca y me responde:
– “Hace dos días solo me bebí tu última gota de leche, y debo confesar que me resulto muy sabrosa, hoy quiero toda la que me puedas brindar, quiero emborracharme con tu leche.”

Volvió a la posición en que estaba, pero esta vez la paja que me hacía con sus labios, tenía un ritmo mucho más acelerado que antes. Sentía que estaba a punto de acabar y me deje llevar. Fueron cuatro lechazos que intento tragárselos todos y cada uno. Cuando todo finalizo, me mostró su boca para que pudiera ver que casi no había rastros de mi leche, se la había bebido toda. A Víctor le chorreaba leche por la comisura de sus labios y yo la recogí con mis dedos índice y mayor de mi mano derecha. Se apodera de mis dedos y me los chupa con desesperación.
– “Te dije que la quería toda, que no quería desperdiciar nada.”
– “¿Quieres que te haga una paja para que vos también acabes?”
– “No. Me hare una gran paja y me meteré los dedos en el culo recordando este momento.”
– “¿Te metes los dedos? Creí que me habías dicho que eras virgen.”
– “Solo virgen de pija.”
– “¿Te gustaría que te desvirgue?”
– “No te digo ni que si, ni que no. Recién nos estamos conociendo. Démonos el tiempo adecuado. Tienes una hermosa pija. Por ahora solo quiero jugar con ella y hacerte gozar a ti.”

Guarde mi verga dentro del pantalón y el slip, y nuestra conversación apuntó a seguir conociéndonos. Me tenía intrigado el tema de cómo fue que su tía y su prima descubrieron que a él le gustaban los hombres. Le pregunto al respecto y me responde:
– “En mi adolescencia ya tenía claro que los hombres me gustaban más que las mujeres. Pero era tan tímido por esos años que no me animaba a nada. Cuando comencé la universidad me aloje con mi tía Marta y mi prima Susana, ya que ellas vivían en Santiago. La tía Marta es hermana de mi madre y durante todo el año de cursada me cuidaba como si yo fuese también su hijo. Cuando traía compañeros a estudiar, siempre eran varones que lógicamente eran los que me tenían deslumbrado. Un día, mi tía descubre que varios de esos compañeros aprovechaban cualquier descuido mío para manosearme descaradamente el culo, y encima yo no se los prohibía.”
– “¿Y entonces?”
– “Una noche espero a que mi prima se durmiera y me conto lo que había visto. Lo que a ella le m*****aba era que no fue solo una vez, sino que ella me recriminaba la cantidad de veces que sucedía el manoseo, y que además yo no hiciera nada para detenerlos. Que no me hacía respetar en mi dignidad de persona. Le tuve que confesar mis inclinaciones, y creyendo que se iba a enojar y hacerme una escena, me abrazó y me contuvo. A partir de allí, ella me protegió mucho más e inclusive me decía quién de mis compañeros me convenía y quién no.”
– “¿Y cómo se enteró tu prima?”
– “Compartíamos la misma habitación, y un descuido mío le permitió conocer mi secreto.”
– “¿Qué pasó?”
– “Intercambiaba cartas con un compañero que me gustaba. Y se nota que alguna de ellas quedo sin guardar y ella la encontró en mi mesita de luz. La leyó y fue inmediatamente a hablar con su madre. La tía Marta la pudo calmar y trato de que ella comprendiera que era lo que pasaba con mis sentimientos. Para ella, en aquel momento, fue muy difícil aceptarlo, tenía 15 años cuando se enteró. Hoy, al igual que mi tía, no solo me dice quién me conviene y quien no, sino que además me presenta a sus amigos que considera ‘ideal’ para mi. Yo le llevo 5 años.”

Seguimos hablando de Chile, de Mendoza, de su vida actual. A su vez, yo le hable de mis padres y mis hermanos. Víctor no tenía hermanos, había sido hijo único, y estaba muy interesado en conocer como es la relación entre hermanos. Aunque él me contaba que a su prima la consideraba su hermanita menor. También me contó que su tía había quedado viuda hacía muchos años cuando su prima era muy pequeña.

Entre charla y charla se fue pasando la tarde y yo tenía que partir a mis obligaciones de estudiante. Nos quedaba apenas una media hora más. Es entonces cuando me dice, al mejor estilo de las telenovelas:
– “Eduardo… Bésame… Y permíteme que intente sacarte más leche de tu hermosa pija.”

Por supuesto no me negué. Lo bese con muchísima lengua y enseguida el busco mi verga. La saco de su prisión y mientras me devolvía los besos metiendo su lengua dentro de mi boca, comenzó a pajearme sin prisa pero sin pausa. A medida que mi verga se endurecía nuestros besos eran más apasionados, hasta que finalmente estallé en dos lechazos que se estrellaron contra el tronco de uno de los álamos. Cuando él se dio cuenta que yo ya había acabado, se abalanzó sobre la punta de mi pija y volvió a beberse la última gota de leche.

Nos arreglamos las ropas un tanto desaliñadas y volvimos caminando hasta Plaza Italia donde yo tomaría el colectivo hacia mis obligaciones. Durante el camino nos seguimos conociendo y quedamos en encontrarnos el lunes siguiente en la esquina de Malabia y Av. Las Heras a la una de la tarde. Iríamos a pasar la tarde al Jardín Botánico.

Esta vez nos despedimos con un beso en la mejilla. Al día siguiente me encuentro con mi amigo Andrés, con quien iría junto a otros amigos y amigas al cine, y le cuento todo lo sucedido. Por supuesto le dije que seguiré hacia adelante con la relación.

(Continua en: “Víctor, el futuro médico – 3° parte”)

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